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Por: Circe Vargón

Para los antiguos pueblos mesoamericanos, la muerte no representaba un final definitivo, sino el inicio de una transformación.

En la cosmovisión de los antiguos nahuas, morir formaba parte de un proceso de tránsito hacia distintos destinos del universo, de acuerdo con las circunstancias de la muerte.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) señala que el culto a los muertos ocupaba un lugar fundamental dentro de las creencias y la cosmovisión de las sociedades mesoamericanas.

El destino del alma no dependía de la conducta moral de una persona, sino principalmente de la manera en que había muerto y de las fuerzas divinas que gobernaban el universo.

El INAH explica que, para los antiguos nahuas, el teyolía, entendido como ánima o esencia, podía dirigirse a distintos lugares según la forma de muerte.

Esta visión convirtió a la muerte en un proceso de tránsito, movimiento y renacimiento dentro de un cosmos donde humanos, dioses y naturaleza estaban profundamente conectados.

Entre los mexicas, una de las concepciones más complejas del más allá fue el Mictlán, el reino de los muertos gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. Lejos de ser un lugar de castigo eterno, era el destino de la mayoría de quienes fallecían por causas naturales.

Para alcanzarlo, las almas debían emprender un viaje lleno de pruebas que podía extenderse durante cuatro años, según los relatos conservados en fuentes históricas estudiadas por el INAH y la Universidad Nacional Autónoma de México.

Para comprender el Día de Muertos hay que mirar el altar como una página de historia: entre copal, cempasúchil, veladoras y cruces permanece el encuentro cultural que, durante siglos, dio forma a una tradición profundamente mexicana./Foto: IA
Para comprender el Día de Muertos hay que mirar el altar como una página de historia: entre copal, cempasúchil, veladoras y cruces permanece el encuentro cultural que, durante siglos, dio forma a una tradición profundamente mexicana./Foto: IA

Los nueve niveles del Mictlán: el viaje del alma

La tradición mexica sostenía que el alma debía atravesar una serie de obstáculos antes de alcanzar el descanso definitivo.

Diversas fuentes históricas, entre ellas los relatos recopilados por Fray Bernardino de Sahagún, describen este recorrido como un camino de nueve etapas.

1.- El río que debía cruzarse

El viaje comenzaba con el cruce de un río. Para lograrlo, el alma necesitaba la ayuda de un perro, particularmente asociado con el xoloitzcuintle, que fungía como guía espiritual. El INAH señala que el perro acompañaba a las ánimas en este primer tramo del recorrido hacia el inframundo.

2.-Tepeme Monamictia: los cerros que chocan

Después aparecían dos enormes montañas que se abrían y cerraban constantemente, amenazando con aplastar a los viajeros.

3.- Iztepetl: el cerro de obsidiana

Una montaña cubierta por afiladas piedras que debía atravesarse para continuar el trayecto.

4.- Cehuecayan e Itzehecayan: el lugar del frío y el viento de obsidiana

En esta parte del recorrido aparecían el frío y posteriormente los vientos de obsidiana, descritos como corrientes capaces de cortar como cuchillos.

La tradición recogida por la UNAM y el INAH presenta estas regiones como parte de las pruebas que debían superar las almas durante su descenso por el inframundo.

5.-Pancuecuetlacayan, el lugar donde ondean las banderas

Un espacio asociado con obstáculos y corrientes de viento que dificultaban el avance del difunto.

6.-Temiminalóyan, el sitio de las flechas

En este nivel, el alma debía enfrentarse a proyectiles que podían impedirle continuar su recorrido.

7.- Teocoyohuehualóyan donde las fieras devoran corazones

En esta región aparecían animales que ponían a prueba al difunto. Algunas versiones de la tradición describen la presencia de un jaguar que devoraba el corazón del muerto.

8.- Izmictlan Apochcalolca, la región de las aguas oscuras

El recorrido continuaba hacia una región asociada con el agua oscura y los últimos obstáculos antes de alcanzar el final del viaje.

9.- Chicunamictlán, el descanso final

Tras superar las pruebas, el alma llegaba al último nivel del inframundo, el Chicunamictlán, donde se encontraban Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señores del Mictlán. El INAH identifica este espacio como el noveno y último nivel del inframundo mexica.

Uno de los aspectos más fascinantes de la religión mexica es que el destino de las almas dependía de la forma en que había ocurrido la muerte.

¿Qué debe llevar cada uno de los 7 niveles de la ofrenda de Día de Muertos y qué significan?
Los niveles de la ofrenda de Día de Muertos

No todos los muertos llegaban al Mictlán

Para los antiguos nahuas, morir no significaba emprender un único camino. El destino de cada persona estaba determinado principalmente por la forma en que había perdido la vida: algunos acompañaban al Sol, otros llegaban al reino de Tláloc y la mayoría comenzaba el largo descenso hacia el Mictlán.

Mictlán

Era el destino de la mayoría de quienes fallecían, particularmente por enfermedad, vejez o causas naturales. De acuerdo con el INAH, se trataba del destino más común entre los muertos nahuas y su recorrido culminaba después de atravesar los nueve niveles del inframundo.

Tonatiuhichan: la Casa del Sol

Los guerreros muertos en combate y las personas sacrificadas en ceremonias rituales tenían como destino el espacio asociado con el Sol. El INAH también incluye entre quienes llegaban a este lugar a las mujeres que morían durante su primer parto, así como a los comerciantes fallecidos durante expediciones mercantiles.

También se consideraba que las mujeres fallecidas durante el parto tenían un destino relacionado con el Sol, debido a que el alumbramiento era concebido como una forma de combate.

Tlalocan: el paraíso de Tláloc

Quienes morían por causas relacionadas con el agua, como los ahogados o aquellos alcanzados por un rayo, tenían como destino el Tlalocan, ámbito asociado con Tláloc y caracterizado por la abundancia y la fertilidad. El INAH señala también que a este lugar se dirigían quienes fallecían por determinadas enfermedades vinculadas con el agua.

Chichihualcuauhco: el árbol nodriza

Los niños que morían durante la lactancia tenían un destino diferente: el Chichihualcuauhco, representado como un lugar relacionado con un árbol nodriza. El INAH identifica este espacio como uno de los cuatro destinos principales de las almas dentro de la concepción nahua de la muerte.

El Xoloitzcuintle: el guía indispensable del inframundo

Pocas figuras son tan importantes dentro de la cosmovisión mexica como el xoloitzcuintle.

Este perro estaba relacionado con Xólotl, deidad vinculada con el ocaso, la transformación y el tránsito. En la tradición nahua, los perros también desempeñaban un papel como acompañantes de las personas después de la muerte.

El INAH señala que, durante el recorrido por los nueve niveles del inframundo, los perros fungían como guías y acompañantes de las almas. En particular, un xoloitzcuintle ayudaba al difunto a cruzar el río que aparecía al comienzo del viaje.

Por esta razón, en contextos funerarios prehispánicos se han encontrado representaciones de perros de barro y otros objetos relacionados con este animal, evidencia de la importancia simbólica que tuvo dentro de las prácticas vinculadas con la muerte. El propio INAH destaca la presencia de figuras de perros entre las ofrendas destinadas a facilitar el tránsito del difunto.

El nombre proviene del náhuatl Xólotl, deidad asociada con el ocaso y la transformación y Itzcuintli, perro. De ahí la asociación con el llamado “perro de Xólotl”.

¿Cómo el Mictlán sigue presente en el Día de Muertos?

Aunque han pasado siglos desde el auge de la civilización mexica, algunas concepciones prehispánicas sobre la muerte dejaron huellas en las tradiciones mexicanas actuales.

El INAH señala que las festividades dedicadas a los muertos en el México antiguo incluían ofrendas de comida y otros elementos simbólicos, y reconoce raíces prehispánicas en la actual celebración del Día de Muertos.

La celebración contemporánea, sin embargo, no puede considerarse una reproducción directa de los rituales mexicas. Es resultado de un largo proceso histórico en el que confluyeron tradiciones indígenas y prácticas religiosas introducidas durante la época virreinal.

La UNAM también explica que las ofrendas actuales reúnen elementos provenientes tanto de la tradición prehispánica como de la herencia colonial.

Entre los elementos presentes en las ofrendas actuales destacan:

  • El agua, asociada con la atención a la sed de los difuntos durante su recorrido.
  • La sal, relacionada en distintas tradiciones con la purificación.
  • El copal, cuyo humo forma parte de prácticas rituales y de purificación.
  • Las flores de cempasúchil, utilizadas para señalar y acompañar el camino de las ánimas.
  • Las veladoras, relacionadas con la luz y la guía.
  • Los alimentos favoritos, colocados como ofrenda para recibir simbólicamente a los difuntos.

La UNAM documenta la presencia de agua, sal, veladoras, cempasúchil, copal y alimentos dentro de las ofrendas actuales, aunque el significado específico de cada elemento puede variar según la región y la tradición comunitaria.

Porque hay compañeros que dejan huellas imposibles de borrar, una de las tradiciones más entrañables de México también se ha convertido en una forma de agradecerles todo el amor que nos regalaron. ¿Ya sabes cómo recordar a tu mascota?

Una visión de la muerte muy distinta a la occidental

A diferencia de la idea de cielo e infierno que predomina en gran parte de Occidente, los mexicas concebían el destino de las almas como un reflejo del orden natural del universo.

La muerte no era una recompensa ni un castigo. Era una etapa más dentro de un ciclo continuo de transformación.

Quizá por eso el Mictlán sigue despertando tanta fascinación siglos después: porque nos muestra una manera distinta de entender la existencia, donde incluso el final del camino formaba parte de un viaje mucho más grande.

¿Te imaginabas que el destino de las almas dependía de la forma de morir y no de las acciones realizadas en vida?

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