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El Día de Muertos nació durante el periodo novohispano, cuando las conmemoraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos se integraron con antiguas concepciones y prácticas indígenas dedicadas a los muertos.

Cada otoño, el aroma del copal vuelve a llenar las casas. Las flores de cempasúchil trazan caminos de color naranja, las veladoras iluminan fotografías familiares y el pan, el agua y los alimentos preferidos de quienes murieron ocupan nuevamente un lugar sobre la mesa.

La ofrenda parece contener una historia que siempre estuvo completa.

Sin embargo, basta observar cuidadosamente sus elementos para descubrir el encuentro de dos mundos. El maíz, el copal y el cempasúchil conservan conocimientos y prácticas mesoamericanas. Las cruces, imágenes religiosas, velas y fechas del 1 y 2 de noviembre proceden del calendario católico llevado a la Nueva España durante el siglo XVI.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) sitúa la formación de la celebración que hoy reconocemos como Día de Muertos en el periodo novohispano iniciado tras la conquista de México-Tenochtitlan en 1521 y prolongado hasta la consumación de la Independencia en 1821, cuando las fiestas católicas de Todos los Santos y Fieles Difuntos entraron en contacto con las antiguas prácticas indígenas dedicadas a los muertos.

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, describe la celebración como una fusión entre ritos religiosos prehispánicos y fiestas católicas que acerca las creencias indígenas a la visión del mundo introducida por los europeos.

El Día de Muertos no pertenece a un solo mundo: nació del encuentro y transformación de tradiciones indígenas y católicas./Foto: Archivo

Antes del Día de Muertos, Mesoamérica ya honraba a sus difuntos

Mucho antes de la llegada de los europeos, la muerte ocupaba un lugar fundamental dentro de las sociedades de Mesoamérica, una extensa área cultural que comprendió buena parte del centro y sur del actual México y se prolongó hacia territorios de Centroamérica.

No se trataba de un único pueblo ni de una sola religión: allí florecieron, en épocas y territorios distintos, sociedades olmecas, mayas, zapotecas, mixtecas, teotihuacanas y nahuas, entre muchas otras.

Por ello, tampoco existió una sola forma mesoamericana de relacionarse con los muertos. Las prácticas funerarias variaron según la región, el periodo histórico, la posición social y las circunstancias del fallecimiento.

Las prácticas funerarias variaban según la región, el periodo histórico, la posición social y la manera en que había muerto cada persona.

Existieron entierros bajo viviendas, tumbas alejadas de los asentamientos, depósitos de ofrendas y representaciones de diferentes espacios del inframundo.

Entre los antiguos nahuas, el destino después de morir dependía principalmente de las circunstancias del fallecimiento.

Quienes fallecían en situaciones relacionadas con el agua podían dirigirse al Tlalocan; ciertos guerreros y mujeres muertas durante el primer parto tenían otros destinos; los niños lactantes iban al Chichihualcuauhco y la mayoría de los fallecidos emprendía el largo camino hacia el Mictlán.

Significado de los escalones en los altares de muertos
Antes de que existiera el Día de Muertos como hoy lo conocemos, los antiguos nahuas imaginaban un complejo viaje después de la muerte. Foto: Envato.

¿Qué era el Mictlán?

Dentro de la cosmovisión mexica, el Mictlán era uno de los destinos de los muertos, asociado principalmente con quienes fallecían por causas que no los vinculaban con otros destinos específicos del más allá.

No debe entenderse como un equivalente del infierno cristiano. Llegar allí no constituía un castigo moral por haberse comportado mal durante la vida. El destino después de la muerte dependía sobre todo de las circunstancias del fallecimiento, no de una división entre personas “buenas” y “malas”.

El Mictlán estaba relacionado con Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señor y señora de los muertos. La tradición nahua describía un complejo viaje después de la muerte, durante el cual el difunto debía atravesar distintas dificultades hasta alcanzar su destino final.

Esta concepción es muy diferente de la idea cristiana de cielo, infierno y purgatorio que posteriormente llegó a Nueva España.

El Mictlán era gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. El viaje del difunto atravesaba diferentes niveles y podía prolongarse durante cuatro años. Los objetos y alimentos depositados durante las ceremonias funerarias acompañaban simbólicamente al muerto en ese tránsito.

Esta concepción establecía una relación continua entre los vivos, los antepasados y el mundo sagrado.

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El Mictlán fue uno de los destinos de los muertos dentro de la cosmovisión mexica y no debe confundirse con el infierno de la tradición cristiana. Imagen creada con IA.

Los mexicas recordaban a los muertos varias veces durante el año

El calendario mexica estaba formado por 18 periodos de 20 días, conocidos como veintenas, además de cinco días complementarios.

Los investigadores Roberto Martínez González y Rocío de la Maza, en un estudio difundido por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) documentan ceremonias relacionadas con los fallecidos en al menos nueve de aquellas 18 veintenas.

Cada celebración respondía a propósitos y categorías diferentes. Podía incluir cantos, danzas, comidas y ofrendas determinadas por la identidad o posición social de los difuntos.

La memoria de los muertos no se concentraba en una fecha equivalente al actual 2 de noviembre. Formaba parte de un calendario ceremonial más amplio, conectado con obligaciones religiosas, ciclos agrícolas y distintas concepciones sobre el destino después de la muerte.

Aquellas prácticas aportaron conocimientos, alimentos, plantas, aromas y formas de relación con los antepasados que más tarde encontrarían un nuevo espacio dentro del calendario novohispano.

Entonces, ¿de dónde vienen el 1 y 2 de noviembre?

Las fechas centrales del Día de Muertos proceden del calendario cristiano europeo.

El antecedente del Día de Todos los Santos se remonta al año 609, cuando el papa Bonifacio IV consagró el antiguo Panteón de Roma como iglesia dedicada a Santa María y los mártires. La celebración se realizaba originalmente el 13 de mayo y posteriormente quedó establecida el 1 de noviembre.

La fecha se destinó a honrar colectivamente a los santos conocidos y desconocidos, especialmente a los numerosos mártires que no poseían una celebración individual.

El 2 de noviembre quedó dedicado a los Fieles Difuntos. Dentro del pensamiento cristiano medieval, las almas que permanecían en el purgatorio podían recibir ayuda mediante oraciones, misas y sufragios ofrecidos por los vivos.

Estas dos conmemoraciones llegaron a la Nueva España con la evangelización. Las iglesias celebraban misas, oraciones y actos dedicados a santos, mártires y almas del purgatorio, mientras las comunidades indígenas mantenían conocimientos y prácticas propias relacionadas con los difuntos.

Día de Muertos, una tradición mexicana que honra la vida y memoria de nuestros seres queridos fallecidos
Día de Muertos, una tradición mexicana que honra la vida y memoria de nuestros seres queridos fallecidos

El nacimiento del Día de Muertos en la Nueva España

La tradición actual comenzó a formarse después del siglo XVI.

Los evangelizadores introdujeron las celebraciones de Todos los Santos y Fieles Difuntos, además de cruces, imágenes religiosas, velas, incienso, oraciones y misas. Las comunidades indígenas incorporaron esas fechas dentro de sus propios sistemas familiares, agrícolas y ceremoniales.

El proceso ocurrió durante generaciones. No fue una simple sustitución de unas prácticas por otras, sino una reorganización profunda del calendario y de las maneras de recordar a quienes habían muerto.

El INAH identifica entre los componentes mesoamericanos la creencia en el regreso temporal de las ánimas y el uso de cempasúchil, maíz y copal. Entre las aportaciones europeas reconoce las velas, imágenes de santos, representaciones de la Virgen, cruces e incienso, además de las fechas litúrgicas.

El nuevo calendario permitió que las antiguas relaciones comunitarias con los muertos continuaran dentro de una celebración cristiana. Así, el Día de Muertos adquirió formas distintas en cada región de México.

Día de muertos.
La ofrenda parece una tradición indivisible, pero al observar sus elementos aparecen distintas capas de la historia de México.. Foto: Envato.

¿Qué significa cada elemento de la ofrenda?

Los altares actuales reúnen elementos de diferentes procedencias históricas:

  • Cempasúchil: flor mesoamericana utilizada para adornar y delimitar los espacios destinados a recibir a los difuntos.
  • Copal: resina aromática empleada desde tiempos prehispánicos dentro de ceremonias y actos de purificación.
  • Maíz: alimento central de las culturas mesoamericanas y base de numerosas preparaciones colocadas en las ofrendas.
  • Velas y veladoras: elementos procedentes de la tradición cristiana que representan luz y orientación.
  • Cruces e imágenes religiosas: expresan la incorporación del catolicismo dentro de los altares familiares.
  • Agua y alimentos: reciben a las ánimas y reproducen los sabores que compartieron durante su vida.
  • Flores y papel recortado: decoran el espacio ceremonial y señalan el camino entre la casa, el altar y el cementerio.

La composición exacta cambia entre comunidades. No existe una sola ofrenda mexicana, pues cada pueblo y cada familia organiza el recibimiento según su historia, sus recursos y sus costumbres.

Ofrenda (altar) día de muertos. El simbolismo cultural y espiritual de los escalones en México
El altar es ese puente sagrado que conecta a ambos mundos. Foto: Envato.

Una celebración relacionada con el ciclo del maíz

En numerosas comunidades indígenas, las fiestas dedicadas a los muertos coinciden con el final del ciclo anual del maíz.

La UNESCO documenta que las familias preparan los platillos preferidos de cada difunto, colocan flores y objetos artesanales en altares y tumbas, y construyen caminos simbólicos mediante pétalos y velas.

Estas actividades no pertenecen únicamente al ámbito religioso. También organizan la vida familiar y comunitaria, distribuyen responsabilidades y fortalecen los vínculos con la tierra y los antepasados.

En algunas regiones, los preparativos comienzan meses antes con la siembra de flores, el cuidado de la milpa y la obtención de materiales para los altares. Las fechas de llegada pueden variar según la edad, la causa de muerte o la identidad de cada difunto.

Por eso, la celebración puede extenderse desde finales de octubre hasta los primeros días de noviembre, o abarcar un ciclo ceremonial todavía más amplio.

Cada elemento de la ofrenda ayuda a contar una historia/ Foto: Pexels

La UNESCO y el reconocimiento internacional

En 2003, la UNESCO proclamó las fiestas indígenas dedicadas a los muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

En 2008, la celebración fue inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

El reconocimiento se refiere específicamente a la festividad practicada por las comunidades indígenas de México. Destaca su función social, su vínculo con el ciclo agrícola y su capacidad para reunir a las familias alrededor del retorno simbólico de sus antepasados.

También reconoce su carácter dinámico. Las fiestas se transmiten entre generaciones, pero cada comunidad las adapta a sus circunstancias.

¿Qué son los escalones en los altares de muertos?
Cada peldaño tiene un significado que vale la pena conocer. Foto: Envato.

Una tradición nacida para transformarse

Cuando encendemos una vela frente a una fotografía familiar participamos en una tradición formada durante siglos.

El copal y el cempasúchil conservan la memoria del mundo mesoamericano. Las cruces y veladoras recuerdan la llegada del calendario católico. El pan, los alimentos, las fotografías y los objetos personales muestran cómo cada generación ha incorporado algo propio.

Ahí se encuentra el origen del Día de Muertos.

No en un único ritual conservado sin cambios, sino en el encuentro prolongado entre pueblos que poseían diferentes maneras de comprender la muerte.

El Día de Muertos ha sobrevivido porque cada comunidad y cada familia aprendieron a hacerlo suyo.

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