Por: Gustavo Silva González ( g.silva@mexicotravelchannel.com.mx )
¿Existieron los Quinametzin? Descubre la fascinante leyenda mexica sobre los gigantes que construyeron Teotihuacán y cómo la ciencia explicó sus huellas.
Imagina caminar por una metrópoli abandonada con avenidas tan anchas y pirámides tan colosales que parecen fuera de la escala humana. ¡Sí! Eso fue exactamente lo que experimentaron los mexicas cuando, al asentarse en el Valle de México durante el siglo XIV, tropezaron con las majestuosas ruinas de Teotihuacán.
Impactados por la magnitud de los basamentos dedicados al Sol y la Luna, formularon una hipótesis lógica para su cosmovisión: una ciudad de tal escala no pudo haber sido levantada por hombres comunes, sino por los Quinametzin, una mítica raza de gigantes que habitó la Tierra en eras primigenias.
Esta fascinante narrativa sobre los Quinametzin no fue un simple cuento, sino un pilar fundamental en la mitología mesoamericana para explicar la grandeza de un imperio perdido.
No obstante, detrás de este mito ancestral se esconde un enigma aún más sorprendente donde se cruzan la mitología, los hallazgos paleontológicos y los relatos de los primeros cronistas españoles.
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La leyenda de la Quinta Era: ¿Cómo encajaban los Quinametzin en la cosmovisión mexica?
Para comprender la creencia en estos seres colosales, es necesario explorar la cosmogonía nahua y su visión cíclica del universo.
De acuerdo con el Códice Chimalpopoca y el Códice Vaticano A, la historia del mundo se dividía en Eras o “Soles”, y cada una de ellas estaba habitada por una humanidad distinta que terminaba siendo destruida por cataclismos divinos.
Los Quinametzin fueron la humanidad correspondiente al Atonatiuh (el Sol de Agua), la primera de estas eras míticas.
Según las crónicas recogidas por los frailes españoles en el siglo XVI, estos gigantes medían más de tres metros de altura, poseían una fuerza descomunal y se alimentaban de piñones silvestres y bellotas.
La leyenda señala que su soberbia y falta de veneración hacia los dioses provocaron un diluvio universal que puso fin a su era, dejando sus restos sepultados bajo la tierra mexicana.

Del mito a la paleontología: El enigma de los fósiles gigantes en Mesoamérica
¿Por qué los mexicas y otros pueblos prehispánicos estaban tan convencidos de la existencia real de los Quinametzin?
La respuesta se encuentra enterrada en el subsuelo del Cuenca de México (Ciudad de México, Estado de México, Hidalgo y Tlaxcala) y sus alrededores, donde el hallazgo de misteriosos huesos de dimensiones desproporcionadas alimentó la fantasía popular durante generaciones.
Cuando los pobladores prehispánicos realizaban excavaciones o cuando las lluvias erosionaban el terreno, salían a la luz enormes fémures, molares del tamaño de un puño humano y cráneos gigantescos.
Al carecer de la ciencia paleontológica moderna, la explicación natural fue asumir que se trataba de los restos óseos de los antiguos gigantes de la Quinta Era.
La ciencia ha demostrado que estos vestigios pertenecían en realidad a la megafauna del Pleistoceno, particularmente al Mammuthus columbi (mamut de Columbia), mastodontes y perezosos gigantes que habitaron el centro de México hace más de 10,000 años.
La confusión anatómica era comprensible: la estructura de un fémur de mamut desarticulado guarda una notable similitud morfológica con un hueso humano a gran escala.

Las crónicas españolas: De Fray Bernardino de Sahagún a Fernando de Alva Ixtlilxóchitl
El mito de los Quinametzin trascendió la Conquista (1519-1521) y quedó registrado en los testimonios documentales de los primeros cronistas, quienes escucharon atónitos las historias de boca de los sabios indígenas (tlamatinime).
El fraile franciscano Fray Bernardino de Sahagún, en su obra monumental Historia general de las cosas de Nueva España, documentó cómo los indígenas atribuían la edificación de la Pirámide del Sol y la de la Luna a seres de estatura descomunal:
“A este lugar llamaban Teotihuacán, que quiere decir lugar donde se hacen los dioses… Y los que allí edificaron los basamentos, que son como montículos, se decía que eran gigantes”.
Por su parte, el cronista mestizo Fernando de Alva Ixtlilxóchitl llevó el relato más allá en sus Historias de la Nación Chichimeca, afirmando que los Quinametzin no solo construyeron estructuras colosales en Teotihuacán, sino que algunos sobrevivientes habitaban la región de Cholula hasta que fueron exterminados por los grupos olmeca-xicalancas en un convite sangriento.
La verdadera identidad de los constructores de Teotihuacán
Aunque el relato de los gigantes ofrece un encanto mitológico inigualable, la arqueología moderna ha revelado la verdad sobre la verdadera identidad de los arquitectos de la “Ciudad de los Dioses”.
Teotihuacán no fue construida por seres mitológicos de tres metros de altura, sino por una sociedad multiétnica altamente organizada que floreció entre el 100 a.C. y el 650 d.C.
Investigaciones lideradas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) han demostrado que la ciudad albergó a diversos grupos étnicos, incluyendo zapotecas, mixtecas y pobladores del Golfo de México, quienes convivían en barrios especializados.
Su verdadero “poder gigante” no residía en su estatura corporal, sino en su avanzada ingeniería urbana, conocimiento astronómico y capacidad de organización social para mover toneladas de piedra y estuco.
¿Te apasiona la historia oculta y los misterios de las civilizaciones antiguas?
El mito de los Quinametzin demuestra cómo nuestros antepasados intentaron dar sentido a las maravillas del pasado utilizando la imaginación y observación de su entorno.
Teotihuacán sigue resguardando secretos entre sus muros de piedra y bajo sus túneles subterráneos.
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