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Por: Circe Vargón

Imagina que uno de los monumentos más importantes de México debe parte de su resistencia a un ingrediente que hoy podría encontrarse en una cocina tradicional o en una parcela del altiplano mexicano.

¡No es una exageración! Durante siglos, constructores novohispanos y comunidades indígenas utilizaron mucílago de nopal, conocido popularmente como baba de nopal, para mejorar morteros, recubrimientos y mezclas que aún pueden encontrarse en edificios históricos.

En Zempoala, Hidalgo, esa herencia sigue viva entre conventos, haciendas y uno de los sistemas hidráulicos más impresionantes del continente.

Camina junto a los muros de las viejas haciendas de Hidalgo y pasa tu mano por la piedra fría y desgastada por el tiempo. A simple vista parecen construcciones hechas únicamente con cantera, cal y paciencia. Pero detrás de muchas técnicas tradicionales de la de la arquitectura novohispana existe este ingrediente inesperado, profundamente mexicano

Zempoala nombrado por la Secretaria de Turismo como Pueblo Mágico, el 1 de diciembre de 2020, se convirtió en el séptimo municipio de Hidalgo en recibir esta distinción por su valor histórico, cultural, gastronómico y arquitectónico.

Su riqueza está ligada al Ex Convento de Todos los Santos, a las haciendas pulqueras y al Acueducto del Padre Tembleque, una obra reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio Mundial.

Su nombre suele traducirse del náhuatl como “lugar de veintes”, una referencia relacionada con antiguos sistemas de conteo, mercados o dinámicas comunitarias prehispánicas.

A primera vista, Zempoala parece un pueblo antiguo del altiplano hidalguense: templos de cantera, calles tranquilas, haciendas silenciosas y paisajes abiertos donde el maguey todavía marca el horizonte.

Pero detrás de esos muros se esconde una historia de ingenio.

Durante la época virreinal, los saberes indígenas no desaparecieron frente a las técnicas europeas; se mezclaron con ellas. Mientras los constructores novohispanos de los siglos XVI al XVIII empleaban cal, piedra y sistemas de mampostería, los pueblos originarios aportaron conocimientos sobre materiales naturales capaces de mejorar la resistencia de los morteros.

Estudios contemporáneos sobre construcción tradicional de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han documentado el uso del mucílago de nopal en morteros e impermeabilizantes naturales, así como su capacidad para mejorar la protección contra la humedad.

Ese encuentro entre campo, arquitectura y memoria convierte a Zempoala en algo más que una escala turística. Es un pueblo donde las piedras parecen guardar secretos de albañiles indígenas, frailes franciscanos, hacendados pulqueros y comunidades que supieron convertir la escasez en patrimonio.

El ingrediente secreto que protegió los muros de la Nueva España

Mucho antes de que existieran laboratorios especializados en materiales de construcción, los pueblos mesoamericanos ya habían aprendido a observar cuidadosamente el comportamiento de la naturaleza.

Entre esos conocimientos se encontraba el uso del nopal como aditivo constructivo.

El mucílago contenido en sus pencas podía mezclarse con cal, arena y agua para formar recubrimientos o morteros más resistentes a la humedad.

La lógica era sencilla y brillante: Tomar una planta abundante del paisaje mexicano y convertirla en una solución práctica para proteger muros, cubiertas y acabados.

La baba de nopal aportaba adherencia, plasticidad y una capa de protección natural frente al agua, cualidades que explican por qué esta técnica sigue despertando interés entre restauradores y especialistas en bioconstrucción.

Cuando comenzaron las grandes construcciones religiosas y civiles de la Nueva España, muchos de estos conocimientos se integraron a las obras levantadas por manos indígenas.

Uno de los mejores ejemplos puede encontrarse en el Ex Convento de Todos los Santos, construido por los franciscanos durante la segunda mitad del siglo XVI (entre 1570 y 1580).

Su fachada plateresca, sus pinturas bíblicas interiores y presencia dominante en el centro del pueblo recuerdan el momento en que la arquitectura religiosa se convirtió en una herramienta de evangelización, pero también en un espacio donde sobrevivieron técnicas locales de construcción

Al observar sus muros, la belleza no está únicamente en la piedra visible. También está en imaginar el trabajo de quienes mezclaron materiales, levantaron andamios, cargaron agua y aplicaron saberes heredados durante generaciones.

Cada construcción se volvió una alianza entre dos mundos. Europa aportó formas, símbolos y modelos arquitectónicos.

Los pueblos originarios añadieron conocimiento del suelo, del clima, de las plantas y de los materiales que podían resistir en ese territorio.

Así, Zempoala fue construido con piedra y también con memoria.

Foto: Pexels
El nopal como aliado en la construcción/ Foto: Pexels

Cuando el pulque convirtió a Zempoala en tierra de haciendas

Zempoala destaca por sus muros y por ser la cuna de los “aristócratas del pulque”.

La región fue el epicentro de la producción de esta bebida ancestral, conocida popularmente como “el elíxir de los dioses”.

Durante el siglo XIX, el paisaje de esta región estuvo marcado por enormes extensiones de magueyes.

Aquellas plantas alimentaban una de las industrias más importantes del altiplano: La producción de pulque, bebida fermentada del aguamiel que durante décadas fue parte esencial de la vida cotidiana en México.

En distintas crónicas turísticas sobre Zempoala – como Food and Pleasure – destacan su relación con las haciendas pulqueras y con la cultura gastronómica del maguey.

Antes de la llegada de la cerveza industrial, el pulque era una de las bebidas más consumidas del país y las haciendas de Hidalgo figuraban entre las productoras más importantes. En torno a él crecieron fortunas, rutas comerciales, tinacales, cascos de hacienda y complejos agrícolas que todavía conservan la huella de aquella época.

En Zempoala y sus alrededores surgieron propiedades que funcionaban como pequeños reinos rurales.

La Hacienda de San Antonio Tochatlaco es una de las más representativas de la región.

Antes del amanecer, los tlachiqueros recorrían kilómetros entre magueyales cargando acocotes para extraer el aguamiel. Su jornada comenzaba cuando gran parte del país seguía dormido. Gracias a ellos, las haciendas pulqueras de Zempoala alimentaron una de las industrias más importantes del México del siglo XIX.

Hidalgo Travel incluye esta hacienda entre los atractivos del municipio y la región.

También destacan haciendas como San Juan Pueblilla, Casa Grande, Guadalupe de Arcos y Tecajete, vinculadas con la memoria rural, la producción agrícola y el esplendor económico de otra época. Algunas fuentes turísticas (como Hidalgo Travel) mencionan a San Juan Pueblilla y Casa Grande como parte de los espacios históricos que pueden visitarse en Zempoala.

La Hacienda Tecajete, además, suele relacionarse con la historia política del siglo XIX por sus vínculos con Manuel González, quien años después ocuparía la presidencia de México entre 1880 y 1884 y mantuvo una estrecha relación cercana con Porfirio Díaz.

Hoy, recorrer estas haciendas es mirar los restos de una industria que transformó el paisaje. Donde antes hubo cuadrillas, tinacales y cargamentos de pulque, ahora quedan portones, muros, patios y leyendas de una prosperidad construida alrededor del maguey.

El acueducto imposible que unió dos estados

Llevar agua durante casi 50 kilómetros a través de barrancas, llanuras y terrenos irregulares parecía una misión imposible en pleno siglo XVI.

Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió en Zempoala, donde es casi imposible no contemplar el Acueducto del Padre Tembleque, un sistema hidráulico compuesto por manantiales, canales principales y secundarios, depósitos de distribución, reservorios y varios puentes-acueducto distribuidos entre Hidalgo y el Estado de México.

La UNESCO describe este sistema como una red hidráulica del siglo XVI que se extiende por una distancia máxima de 48.22 kilómetros.

Construido entre 1554 y 1571 bajo la dirección del fraile franciscano Francisco de Tembleque, el sistema fue diseñado para llevar agua a comunidades afectadas por la escasez mediante un recorrido cercano a los 48 kilómetros.

La obra fue posible gracias a la participación de decenas de comunidades indígenas que aportaron mano de obra, conocimientos constructivos y recursos para sostener el proyecto.

Entre esos conocimientos figuraban técnicas tradicionales para mejorar morteros, aplanados y recubrimientos.

Diversos estudios sobre construcción histórica han documentado el uso de mezclas elaboradas con cal, arena y mucílago de nopal, una sustancia gelatinosa extraída de las pencas que ayudaba a incrementar la adherencia, reducir la absorción de agua y mejorar la durabilidad de las superficies.

En regiones como Zempoala, donde las grandes obras hidráulicas debían resistir la humedad, los cambios de temperatura y el paso del tiempo, estos saberes resultaron especialmente valiosos. Estudios de la UNAM han señalado que el mucílago de nopal incluso sigue siendo analizado por sus propiedades para la conservación de materiales históricos.

El resultado fue extraordinario.

Dentro de ese conjunto existe una sección que se volvió la imagen más famosa del monumento: La Arquería Mayor o Arquería Monumental de Tepeyahualco.

Es la parte que muchos visitantes identifican como “el acueducto”, aunque en realidad es solo una sección del sistema completo que posee 68 arcos y alcanza una altura total de 39.65 metros, con un arco central de 33.84 metros, lo que la convierte en una de las estructuras de este tipo más impresionantes levantadas en el siglo XVI.

Su importancia no radica únicamente en el tamaño. La UNESCO reconoció al sistema como Patrimonio Mundial en 2015 porque representa un ejemplo excepcional de intercambio cultural entre la tradición europea de hidráulica romana y las técnicas mesoamericanas de construcción, incluido el uso de elementos como adobe en ciertos procesos constructivos.

Por eso, cuando se habla del Acueducto del Padre Tembleque, es inseparable recordar su Arquería Monumental de Tepeyahualco, el tramo más fotogénico, famoso y monumental de toda la obra.

Ambas explican por qué Zempoala ocupa un lugar tan especial en la historia de la ingeniería virreinal mexicana.

¿Dónde está Zempoala y qué no debes perderte?

Ubicado a menos de una hora de Pachuca, Zempoala se encuentra en una posición privilegiada para quienes desean combinar turismo cultural, arquitectura histórica y gastronomía tradicional.

La visita puede comenzar en el centro, frente al Ex Convento de Todos los Santos, donde la piedra recuerda los primeros siglos de la evangelización. Después, el camino puede llevar hacia la zona del acueducto, para contemplar la Arquería Mayor de Tepeyahualco y entender por qué esta obra fue reconocida por la UNESCO.

Más tarde, el viaje puede continuar por el corredor de haciendas pulqueras. Allí aparecen nombres que todavía suenan a maguey, tinacal y campo abierto: Tochatlaco, San Juan Pueblilla, Casa Grande, Guadalupe de Arcos y Tecajete.

Y como todo viaje por Hidalgo debe pasar por la mesa, Zempoala también se descubre a través del sabor. La región presume platillos como mixiotes, escamoles, chinicuiles, ximbote y panes tradicionales elaborados en hornos de leña.

Un Pueblo Mágico construido con ingenio

Visitar Zempoala es descubrir que los monumentos más impresionantes de México no fueron levantados únicamente con piedra, también fueron construidos con conocimiento, paciencia y, en algunos casos, con baba de nopal.

Entre conventos centenarios, haciendas pulqueras y acueductos monumentales, este Pueblo Mágico demuestra que la historia mexicana suele esconder sus secretos en los lugares más inesperados.

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