Por: Circe Vargón
Descubre cómo las maestras artesanas mazahuas y otomíes convierten agujas, telares e hilos de colores en un lenguaje visual que preserva la memoria, la identidad y la historia de sus comunidades.
Una aguja atraviesa lentamente la tela. No hay un dibujo impreso debajo ni una cuadrícula que indique dónde colocar la siguiente puntada. La artesana cuenta los hilos, calcula distancias y reconstruye de memoria un diseño que quizá aprendió mirando trabajar a su madre y que, mucho antes, su abuela aprendió de otra mujer de la familia.
Así comienza buena parte de la extraordinaria tradición textil de los pueblos mazahua y otomí del Estado de México.
En municipios como San Felipe del Progreso, Villa de Allende y Temoaya, las prendas tradicionales conservan flores, animales y figuras geométricas estrechamente relacionadas con la identidad de sus comunidades.
El Consejo Estatal para el Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas del Estado de México (CEDIPIEM) señala que la indumentaria es precisamente uno de los principales elementos mediante los cuales los pueblos indígenas expresan y preservan su cosmovisión e identidad.
La textilería también representa una importante actividad económica.
El Instituto de Investigación y Fomento de las Artesanías del Estado de México (IIFAEM) reconoce que el trabajo artesanal constituye una fuente de ocupación para miles de familias mazahuas, otomíes y de otros pueblos originarios mexiquenses.
Una tradición que preserva saberes ancestrales transmitidos de generación en generación.

En México Travel Channel seguimos los hilos de dos de las grandes tradiciones textiles mexiquenses para descubrir cómo una puntada puede guardar mucho más que color: puede conservar la memoria de una comunidad.
Pepenado mazahua: Cuando el diseño comienza contando hilos
Entre las técnicas más reconocidas del bordado mazahua se encuentra el pepenado, un trabajo en el que la persona cuenta cuidadosamente los hilos de la tela para formar patrones rectos y uniformemente espaciados.
En muchas piezas no existe una guía trazada previamente, pues el diseño completo se conserva en la memoria de quien borda.
El maestro artesano mazahua Jan Cristhian Mata Ferrer, originario de la comunidad de San Felipe Santiago, en Villa de Allende, ha explicado a la Secretaría de Cultura que estos patrones se construyen contando los hilos para conseguir diseños simétricos, rectos y regulares.
En su comunidad se conservan técnicas como el punto de lomo a dos agujas, pepenado fino, punto de cruz, careado, hilvanado y bordado de aguja.
Sobre las telas aparecen elementos del paisaje y del imaginario mazahua: venados, aves, flores y la estrella de ocho puntas. Mata Ferrer utiliza precisamente estos motivos para contar historias de San Felipe Santiago a través del bordado.

Mazahuas y otomíes: Dos pueblos, dos maneras de vestir su identidad
Aunque mazahuas y otomíes comparten una parte del territorio mexiquense y mantienen siglos de intercambios culturales, poseen identidades, lenguas y tradiciones propias.
El pueblo mazahua, también conocido como jñatjo, constituye actualmente el pueblo indígena originario más numeroso del Estado de México.
Con base en el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, el Consejo Estatal para el Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas (CEDIPIEM) registra 132 mil 710 hablantes de lengua mazahua, concentrados principalmente en 13 municipios del noroccidente y centro-occidente de la entidad.
La vestimenta femenina mazahua destaca por el contraste de colores. El CEDIPIEM documenta faldas de manta decoradas con bordados zoomorfos o florales, otra falda de satín en tonalidades intensas y una larga faja de lana elaborada a mano. Collares, arracadas y cintas complementan el conjunto.
Las comunidades también producen tapetes, colchas, manteles, servilletas y quexquémitl, donde aparecen motivos animales, vegetales y geométricos.
Dentro de la vestimenta femenina otomí destaca también el quexquémitl, elaborado en algodón, lana o artisela y en distintas combinaciones de colores. El CEDIPIEM lo identifica como una pieza característica de su indumentaria tradicional.
Su valor, como ocurre con otras prendas mazahuas y otomíes, no depende únicamente de la materia prima. También incorpora las horas necesarias para hilar, tejer o bordar y, sobre todo, el conocimiento acumulado para producirla.
Cada pueblo utiliza el textil para reconocerse, pero cada uno lo hace con su propio lenguaje.
San Felipe del Progreso, Estado de México, es un pueblo mazahua con una larga tradición de textiles de lana.
— Secretaría de Cultura (@cultura_mx) August 29, 2026
La técnica para la elaboración de estas piezas artesanales se ha transmitido de generación en generación dentro de las familias mazahuas, lo que ha hecho que se vuelva… pic.twitter.com/2xPFGNVluO
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El telar de cintura que todavía funciona en Temoaya
Entre las comunidades otomíes de Temoaya, el telar de cintura continúa vivo.
Su mecanismo es aparentemente sencillo: Un extremo del tejido se sujeta a un punto fijo y el otro se sostiene mediante un cinturón alrededor del cuerpo de la tejedora, quien controla la tensión de los hilos al cambiar de postura.
No se trata solamente de una técnica preservada en museos. En 2026, el Ayuntamiento de Temoaya mantiene, a través de su Dirección de Cultura Otomí, un curso anual para enseñar la elaboración de fajas.
La solicitud municipal también menciona la elaboración de chincuetes, ayates y otros productos como parte del propósito de promover y preservar la herencia cultural otomí, demostrando que una herramienta de raíces antiguas conserva plena vigencia en el siglo XXI.

El desafío de mantener los hilos unidos
La continuidad de estas tradiciones enfrenta problemas concretos: migración, sustitución de la vestimenta tradicional por ropa industrial, disminución del uso cotidiano de algunas prendas y pagos que no siempre corresponden al tiempo invertido.
La desaparición de una técnica no significa solamente perder un objeto atractivo, sino también los conocimientos necesarios para contar hilos, combinar colores, tensar el telar y reconstruir diseños sin una guía escrita.
Por esta razón, la Secretaría de Cultura y el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías han impulsado concursos, exposiciones y ventas directas orientadas a reconocer la maestría técnica y la presencia de lenguas, materiales e iconografías de los pueblos originarios.
En el ámbito estatal, el Instituto de Investigación y Fomento de las Artesanías (IIFAEM) desarrolla acciones de capacitación, difusión y comercialización para fortalecer la actividad económica de las personas artesanas.
Sus programas abarcan 13 ramas artesanales mediante acciones de capacitación, promoción y comercialización. El objetivo no es únicamente mantener técnicas tradicionales, sino fortalecer las posibilidades económicas de las familias que continúan practicándolas.

Una memoria que todavía se cuenta hilo por hilo
Al observar un textil mazahua u otomí, primero aparecen los colores; después, las flores, las aves, los venados o las grecas simétricas.
Si se mira con mayor atención, también pueden imaginarse las manos que contaron cada hilo, la persona que enseñó la técnica y la generación que decidió aprenderla para evitar su desaparición.
Por eso, estos textiles no son recuerdos intercambiables ni simples objetos decorativos. Son obras con una procedencia, una autoría y una identidad específicas.
Adquirirlos directamente de sus creadoras, preguntar por su origen, reconocer la autoría y evitar el regateo son formas concretas de contribuir a su continuidad.
La propia Secretaría de Cultura ha invitado a valorar las horas de elaboración y el conocimiento generacional contenido en cada pieza.
Por eso los textiles mazahuas y otomíes son mucho más que artesanías, son una forma de escribir la memoria sin utilizar palabras.
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