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Por: Circe Vargón

Hay hoteles cuya relevancia no se mide por sus estrellas o amenidades, sino por la historia que guardan entre sus muros, y México, con su arquitectura virreinal y de finales del siglo XIX, conserva hospederías que han recibido a jefes de Estado, artistas y celebridades internacionales.

Adentrarse en estos espacios es recorrer diferentes épocas pues conservan su mobiliario original, vitrales, patios y claustros que han sido testigos silenciosos de momentos clave en la vida cultural y política del país.

Aquí te contamos sobre tres de estas propiedades que se han convertido en íconos del país al conservar sus orígenes y guardar historias dignas de Hollywood.

Foto: Pexels
Conoce estos lugares de leyenda/Foto: Pexels

El Gran Hotel de la Ciudad de México: Joya del Art Nouveau y refugio de James Bond

Frente al Zócalo, donde la capital del país se vuelve espectáculo, el Gran Hotel de la Ciudad de México sigue funcionando como una cápsula de elegancia porfiriana.

El edificio fue inaugurado en 1899 como el Centro Mercantil, uno de los primeros grandes almacenes del país y un símbolo de aquella modernidad afrancesada que buscó transformar el corazón de la capital a finales del siglo XIX.

De acuerdo con la Secretaría de Turismo de la Ciudad de México, el inmueble abrió durante el gobierno de Porfirio Díaz y años más tarde fue transformado en hotel para recibir visitantes internacionales en 1968.

Su ubicación estaba pensada justamente para impresionar a una élite urbana que comenzaba a consumir la ciudad como un escenario de lujo, arquitectura y refinamiento.

La gran pieza estelar del inmueble sigue suspendida sobre el vestíbulo: El vitral estilo Tiffany, terminado e instalado en 1908, obra del artista francés Jacques Grüber.

Este elemento es uno de los rasgos más reconocibles del edificio y ha sido señalado por la propia oferta turística oficial de la capital como una de las expresiones más notables del Art Nouveau en el Centro Histórico.

A esto se suman los elevadores antiguos, la herrería curva y la terraza con vista al Zócalo, que hoy mantiene viva la sensación de estar dentro de un edificio hecho para deslumbrar.

También es un sitio que atravesaron grandes personajes de la historia como miembros de la élite porfiriana, políticos, empresarios y visitantes internacionales de alto perfil durante el cambio de siglo, y ligado principalmente a la figura central de ese tiempo Porfirio Díaz, bajo cuyo gobierno abrió sus puertas.

Incluso hay crónicas que recuerdan que Carmelita Díaz (segunda esposa de Porfirio Díaz) frecuentaba el edificio en su etapa comercial.

Ya convertido en hotel, su lobby y sus salones pasaron a formar parte del imaginario social y cultural de la ciudad, al grado de ser asociado con figuras como Mario Moreno ‘Cantinflas’, María Félix y Agustín Lara, mencionados de forma recurrente en distintas publicaciones sobre la historia del lugar.

Más que una lista de huéspedes célebres, lo que transmite el Gran Hotel es la sensación de haber sido, durante más de un siglo, uno de esos espacios donde el poder, la vida social y el espectáculo se cruzaban naturalmente.

Pero la historia del hotel no se detuvo en el siglo XX. Años más tarde, su arquitectura también sedujo a la industria cinematográfica internacional pues su interior apareció de forma destacada en Spectre (2015), la cinta de James Bond protagonizada por Daniel Craig, dentro de la célebre secuencia inicial ambientada en la Ciudad de México.

Aunque la entrada que se ve en pantalla fue recreada con otro inmueble del Centro Histórico, el lobby, el vitral y los elevadores del Gran Hotel fueron parte esencial de la atmósfera visual de la película, lo que reforzó su proyección como un ícono arquitectónico con alcance global.

Spectre ayudó a instalar una imagen contemporánea del Centro Histórico ante audiencias internacionales y convirtió al hotel en un punto de referencia pop para viajeros, cinéfilos y curiosos que llegan buscando uno de los escenarios más reconocibles del cine de acción.

Quinta Real Oaxaca: El antiguo convento dominico y hotel cuyo verdadero protagonista es el edificio

Quinta Real Oaxaca no necesita una larga lista de celebridades para justificar su lugar en esta selección.

En Oaxaca hay hoteles que ofrecen buena ubicación y otros que regalan una experiencia y Quinta Real Oaxaca es uno de ellos.

Instalado dentro del antiguo Convento de Santa Catalina de Siena, el inmueble remite a un tiempo en el que la ciudad todavía se construía a partir de piedra, silencio y vida religiosa.

La historia del conjunto comienza en 1568, cuando fue fundado por el obispo fray Bernardino de Alburquerque bajo el nombre de Monasterio del Rosario de María, y su proceso constructivo tomó forma a partir de 1579, hasta consolidarse entre los siglos XVII y XVIII como uno de los recintos conventuales más importantes de Oaxaca.

Ese pasado se percibe todavía en sus patios, corredores y muros de cantera, pero también en rincones muy concretos, como el célebre Jardín de los Lavaderos, uno de los espacios más evocadores del exconvento, donde aún se conservan estructuras hidráulicas coloniales asociadas a la vida cotidiana de las religiosas.

Pero, la historia del inmueble no terminó con la clausura de la vida monástica.

A partir de las Leyes de Reforma, el conjunto fue exclaustrado y transformado en diversos usos civiles: Funcionó como cárcel desde 1862, además de alojar oficinas públicas, escuela, imprenta, palacio municipal e incluso una logia masónica en parte del predio.

Esa sucesión de capas históricas es justamente lo que le da hoy una densidad distinta, pues de ser solo un hotel de lujo, pasó a ser un edificio donde se concentra buena parte de la historia urbana de Oaxaca.

En su etapa contemporánea, el inmueble fue rescatado y reconvertido en hotel a partir de 1976, y actualmente funciona como una de las propiedades más representativas del lujo patrimonial en la ciudad.

Además de su hospedaje, ofrece la sensación de habitar un monumento, con habitaciones que fueron antiguas celdas conventuales, corredores iluminados por velas, patios que invitan a caminar y una ubicación privilegiada en pleno Centro Histórico, a unos pasos de Santo Domingo y del Andador Turístico.

La actual Quinta Real Oaxaca ocupa un espacio cuidadosamente restaurado, donde la vocación hotelera convive con el valor patrimonial del exconvento.

¡Ojo! No es un hotel común: Es un ex convento del siglo XVI reconvertido en refugio de lujo, donde la experiencia está marcada por siglos de historia, patios silenciosos y una de las arquitecturas más sugestivas del Centro Histórico de Oaxaca.

Hotel Los Flamingos en Acapulco: El búnker del “Hollywood Gang”

Si existe un hotel en México donde la palabra “leyenda” no suena a exageración, ése es Los Flamingos.

Suspendido sobre los acantilados del Acapulco tradicional, con vista abierta al Pacífico, este hotel pertenece a la historia del puerto y al imaginario de la época dorada de Hollywood, principalmente entre las décadas de 1940 y 1960, cuando Acapulco se consolidó como destino internacional de celebridades.

Ubicado en la Carretera Escénica s/n, Fraccionamiento Las Playas, Acapulco, Guerrero, México, desde la entrada, el lugar deja clara su narrativa con los nombres de la llamada Hollywood Gang, la sociedad de estrellas que convirtió a Los Flamingos en un escondite privado lejos del ruido de California.

Entre ellos figuraban John Wayne, Johnny Weissmüller, Cary Grant, Fred MacMurray, Red Skelton, Rex Allen, Errol Flynn y Richard Widmark.

La conexión más fuerte del hotel con el mito viene de Johnny Weissmüller, el Tarzán original, quien llegó a Acapulco en la segunda mitad de los años cuarenta durante el rodaje de Tarzan and the Mermaids.

El puerto -todavía en formación como paraíso internacional- ya atraía a figuras como Rita Hayworth y Orson Welles, pero Weissmüller encontró en Los Flamingos su refugio.

En 1954, él y sus amigos, incluyendo a John Wayne, Red Skelton y Fred MacMurray, compraron el hotel y terminaron de sellar su destino como una guarida de celebridades. Décadas después, esa historia sigue siendo el gran capital simbólico del lugar.

Buena parte de la magia del hotel se sostiene todavía sobre ese mito. La suite más célebre sigue siendo Casa Tarzán, asociada a Weissmüller y convertida en una especie de santuario para viajeros que buscan tocar un fragmento de aquel Acapulco glamoroso y salvaje.

El bar presume otro elemento clave pues se le atribuye la invención del famoso Coco Loco, convertido con el tiempo en una de las bebidas insignia del puerto. A esto se suman las fotografías autografiadas, los recuerdos en lobby y terrazas.

Dormir aquí es entrar a un capítulo de la relación entre México, el cine estadounidense y ese Acapulco que convirtió al Pacífico en escenario de fantasía internacional.

Visitar o pernoctar en estos hoteles es un recordatorio de que viajar también es una forma de coleccionar momentos históricos.

Algunos conservan el eco de viejas élites, otros el rastro de estrellas de cine o la solemnidad de antiguos conventos, pero todos comparten algo esencial: Convierten la estancia en una experiencia que va mucho más allá del lujo.

En México hay lugares donde dormir también significa entrar en contacto con la memoria, la arquitectura y belleza de otras épocas. ¿Conoces alguno de estos famosos lugares?

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