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Por: Circe Vargón

La figura de la bruja en México se fue construyendo del encuentro entre los conocimientos indígenas, la herbolaria tradicional, las creencias europeas y los procesos inquisitoriales de la época virreinal.

Entre documentos históricos y leyendas que aún sobreviven en comunidades rurales, su historia revela una de las facetas más fascinantes del patrimonio cultural mexicano.

Cuando se habla de brujas, muchas personas imaginan personajes surgidos de los cuentos europeos: mujeres que vuelan en escobas, lanzan hechizos o viven aisladas en bosques encantados.

En México, sin embargo, la historia es mucho más compleja.

La figura de la bruja se construyó a partir del encuentro entre las prácticas curativas indígenas, la herbolaria tradicional, las creencias traídas por los españoles y los procesos inquisitoriales que marcaron la época virreinal.

Durante siglos, curanderas, parteras, adivinas y mujeres conocedoras de plantas medicinales fueron observadas con sospecha por las autoridades religiosas.

Al mismo tiempo, en pueblos y comunidades comenzaron a circular relatos sobre mujeres capaces de transformarse en aves nocturnas, convertirse en bolas de fuego o comunicarse con fuerzas sobrenaturales.

Hoy, entre documentos históricos y tradiciones populares, la brujería continúa siendo una de las expresiones más fascinantes del imaginario mexicano.

Las brujas mexicanas habitan un territorio donde se encuentran la historia, las tradiciones indígenas y las leyendas que aún sobreviven en la memoria colectiva de muchas comunidades./Foto: IA

La Inquisición novohispana y las acusaciones de brujería

Durante el periodo colonial, las autoridades religiosas persiguieron diferentes prácticas consideradas supersticiosas, mágicas o contrarias a la doctrina católica. La documentación inquisitorial permite conocer parte de ese universo de creencias y las acusaciones que surgieron alrededor de ellas.

La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha estudiado diversos expedientes del Santo Oficio de México relacionados con brujería, hechicería, superstición, conjuros y prácticas mágicas.

Una investigación de la Facultad de Filosofía y Letras señala que los documentos conservados en el Archivo General de la Nación contienen testimonios de personas de diferentes castas, orígenes y creencias que acudieron ante el Santo Oficio para denunciar o relatar supersticiones, leyendas y supuestos poderes sobrenaturales.

Estos documentos no prueban que los poderes sobrenaturales descritos fueran reales.

Su importancia histórica está en que permiten conocer qué creían las personas, qué temían y cómo interpretaban determinados fenómenos durante la época novohispana.

Entre los casos documentados aparece el de Leonor de Isla, una mujer mulata novohispana procesada por la Inquisición en 1622 y acusada de practicar hechicería.

El estudio de la UNAM sobre su proceso analiza las denuncias, los rituales y las concepciones sobre la magia existentes en la sociedad colonial.

Para la Inquisición, la hechicería era considerada una transgresión religiosa y podía ser castigada porque se interpretaba como una práctica contraria a la fe católica.

Foto: Fideicomiso Centro Historico de la CDMX
La Alameda Central fue vecina del quemadero de la Inquisición novohispana y testigo de una enorme serie de procesiones religiosas y profanas./Foto: Fideicomiso Centro Historico de la CDMX

Cuando la medicina tradicional fue confundida con hechicería

Las fronteras entre medicina, ritual y magia tampoco eran iguales a las actuales.

En las sociedades mesoamericanas existían especialistas encargados de atender enfermedades y otros problemas mediante conocimientos médicos, plantas, rituales y prácticas religiosas.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha estudiado la relación entre médicos y hechiceros en el México prehispánico, mostrando que las concepciones sobre enfermedad y curación podían incluir tanto elementos naturales como sobrenaturales.

Con la llegada de los españoles, estas prácticas entraron en contacto con las concepciones religiosas europeas.

Algunas fueron interpretadas por las autoridades coloniales como superstición, hechicería o idolatría.

La documentación de la UNAM demuestra que los expedientes del Santo Oficio contienen no sólo acusaciones, sino también relatos de tradición oral que circularon durante la Nueva España. En ellos aparecen historias sobre brujas, maleficios y poderes sobrenaturales que reflejan los temores y creencias de la sociedad de aquel momento.

Estas fuentes permiten entender que la figura de la bruja mexicana no nació de una sola tradición. En ella confluyeron creencias indígenas, concepciones europeas sobre la magia y la interpretación religiosa propia del periodo colonial.

Catemaco, la capital de la brujería en México

Si existe un lugar asociado con la brujería contemporánea en México, ese es Catemaco, en el estado de Veracruz.

La tradición continúa vigente y forma parte incluso de la promoción turística oficial del estado.

La Secretaría de Turismo de Veracruz identifica el Primer Viernes de Marzo, conocido también como el Día de los Brujos, como una de las celebraciones más simbólicas de Catemaco.

El encuentro reúne a brujos, chamanes y curanderos de distintas partes de México, quienes realizan rituales de purificación y fortalecimiento espiritual.

La importancia turística de estas prácticas continúa vigente.

En 2026, Veracruz obtuvo el primer lugar nacional en la categoría “Mejor experiencia que combina naturaleza y espiritualidad” por la propuesta Rituales y limpias con los brujos y curanderos de Catemaco, dentro de la premiación realizada durante el Tianguis Turístico de México.

Más que afirmar que Catemaco es una “capital de la brujería” en sentido histórico, resulta más preciso señalar que se trata de uno de los destinos mexicanos más asociados actualmente con el misticismo, la espiritualidad y las tradiciones populares relacionadas con la brujería.

Las misteriosas “bolas de fuego”

Entre las leyendas más difundidas del folclore mexicano destaca la de las llamadas brujas voladoras.

En Ixtenco, Tlaxcala, el INAH ha documentado esta tradición entre los Yuhmu, comunidad otomí de la región.

De acuerdo con la investigación del antropólogo Jorge Guevara Hernández, en Ixtenco la “bruja bola de fuego” está asociada con la hechicería y se considera que puede adquirir, como nahual, formas animales como la de un guajolote.

En numerosas comunidades rurales de Veracruz, Puebla, Hidalgo, Oaxaca y otras regiones del país se cuenta que ciertas mujeres poseen la capacidad de transformarse durante la noche en esferas luminosas que recorren los cielos.

La investigación también señala que existen referencias históricas a estos personajes desde el siglo XVI. El antropólogo Alfredo López Austin identificó en fuentes antiguas la figura de la tlahuipuchtli, descrita como un ser de apariciones nocturnas asociado con una esfera luminosa.

El INAH explica que el Códice Carolino, también del siglo XVI, alude a brujas consideradas nahuales capaces de adquirir formas de animales.

¡La tradición no es idéntica en todas las comunidades!

En Ixtenco, por ejemplo, existen términos propios para distinguir al brujo, la bruja y el curandero, y estas figuras no corresponden exactamente a la concepción europea de una bruja vinculada con el satanismo.

Según la investigación del INAH, la “bruja bola de fuego” y la llamada “bruja chupasangre” también tienen características diferentes dentro de esta tradición local.

Por ello, estas historias deben entenderse como relatos de tradición oral y elementos de una cosmovisión particular, no como fenómenos sobrenaturales comprobados.

Foto: Pexels
La figura de la bruja en México nació del encuentro entre las tradiciones indígenas, la herbolaria y las creencias traídas durante la época colonial./Foto: Pexels

Los nahuales entre la leyenda y la cosmovisión indígena

Otra figura fundamental del imaginario mexicano es el nahual.

La creencia aparece documentada desde tiempos prehispánicos y fue registrada por cronistas como Fray Bernardino de Sahagún en el siglo XVI.

Según estas tradiciones, determinadas personas mantenían un vínculo especial con un animal protector y podían adoptar simbólicamente sus características o transformarse en él.

El INAH explica que, dentro de la cosmovisión mesoamericana, los límites entre lo humano, lo animal y lo divino no se concebían necesariamente como fronteras rígidas.

En ese universo aparece el nahual, asociado con la capacidad atribuida a determinadas personas de transformarse o comunicarse con un alter ego animal.

Las crónicas del siglo XVI ya registraban creencias relacionadas con personas capaces de asumir formas animales.

El material de divulgación del INAH recoge referencias a figuras que podían adoptar formas como jaguares, coyotes o guajolotes y a relatos sobre personas que se desplazaban durante la noche como bolas de fuego.

Esta concepción también permanece en tradiciones contemporáneas.

La figura continúa presente en diversas comunidades indígenas contemporáneas de Oaxaca, Chiapas, Puebla, Guerrero y Veracruz, donde forma parte de las explicaciones culturales sobre fenómenos considerados extraordinarios.

Más que una criatura monstruosa, el nahual representa una visión del mundo en la que existe una profunda conexión entre los seres humanos, los animales y las fuerzas de la naturaleza.

Entonces, ¿existieron las brujas en México?

La respuesta depende de qué entendamos por “bruja”.

Si hablamos de personas acusadas de brujería, sí existen documentos históricos que demuestran que las hubo.

Los archivos conservan procesos, denuncias y testimonios relacionados con hechicería, magia, adivinación y superstición. El caso de Leonor de Isla, procesada en 1622, es uno de los ejemplos estudiados por la UNAM.

Si hablamos de mujeres capaces de volar, transformarse en animales o convertirse en bolas de fuego, entramos en el terreno de la tradición oral y las creencias populares.

La historia de las brujas en México, entonces, no puede reducirse a cuentos de terror.

También es la historia de cómo diferentes sociedades interpretaron la enfermedad, la naturaleza, la religión, la magia y aquello que no podían explicar.

Entre expedientes inquisitoriales, tradiciones indígenas y leyendas que todavía se cuentan en distintas comunidades, la figura de la bruja se convirtió en una de las expresiones más fascinantes del imaginario mexicano.

Y quizá ahí está la respuesta, las brujas forman parte de la memoria, la tradición oral y la cultura popular de México; mientras que los documentos históricos demuestran que también existieron personas reales que fueron señaladas y procesadas por supuestas prácticas de hechicería.

¿Conoces alguna historia de brujas, bolas de fuego o nahuales que todavía se cuente en tu comunidad?

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