Por: Circe Vargón
Damos una vuelta por los registros históricos sobre los últimos años de vida de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin el hombre que habría custodiado la primera ermita del Tepeyac después del milagro de la tilma.
Cerremos los ojos y retrocedamos al año 1532. Las rosas de Castilla ya se han marchitado y la conmoción en la capital azteca ha comenzado a calmarse. Mientras las autoridades eclesiásticas admiran la pintura divina en la tilma, el hombre que la llevaba doblada contra su pecho camina en silencio hacia el cerro del Tepeyac.
Y entonces surge una pregunta que pocos se hacen.
¿Qué ocurrió con Juan Diego después del milagro?
Durante casi cinco siglos, la atención se ha concentrado en la tilma, la tradicional manta que muchos indígenas utilizaban como capa o prenda de carga, las rosas y la imagen que transformó la historia religiosa de México.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en el hombre que estuvo detrás de aquellos acontecimientos. ¿Regresó a su vida cotidiana? ¿Se convirtió en una figura pública? ¿Dónde pasó sus últimos años? Las respuestas conducen a una historia mucho más humana de lo que muchos imaginan.
Y es que, después de aquel instante glorioso en el que la tilma se abrió ante el obispo, el humilde indígena de Cuautitlán, comenzó una nueva vida marcada por el servicio, el silencio y la devoción.
Mientras la imagen guadalupana comenzaba a transformar la historia espiritual de México, el hombre que había sido elegido como mensajero volvió al Tepeyac. No buscó reconocimiento ni riqueza. Tampoco intentó convertirse en una figura de poder; solo pidió quedarse al pie de la montaña para cuidar el lugar donde el cielo tocó la tierra.
Según la biografía publicada por el Vaticano, Juan Diego dejó su casa, sus bienes y su tierra para vivir, con permiso del obispo, en una pobre vivienda junto al templo de la “Señora del Cielo”.
Juan Diego Cuauhtlatoatzin, cuyo nombre en náhuatl suele traducirse como “Águila que habla” o “el que habla como águila”, nació hacia 1474 en Cuautitlán, entonces vinculado al reino de Texcoco, y pertenecía a la etnia chichimeca, de acuerdo con la semblanza del Vaticano.
Ya adulto, recibió el bautismo junto con su esposa María Lucía tras la llegada de los franciscanos a México en 1524; la biografía señala que ella murió en 1529, dos años antes de las apariciones guadalupanas.
En diciembre de 1531, dos años después de enviudar, su vida dio un giro que terminaría convirtiéndolo en una de las figuras religiosas más conocidas de América; pues según la tradición católica, fue el mensajero de la Virgen de Guadalupe ante fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México.

Las apariciones de la Virgen de Guadalupe y el milagro de Juan Bernardino
Cabe señalar que la Virgen no solo se apareció en una ocasión ante Juan Diego.
De acuerdo con la tradición guadalupana conservada en el Nican Motecpana, escrito en náhuatl a finales del siglo XVI que narra la vida de Juan Diego, una de las preocupaciones más grandes de Juan Diego durante los acontecimientos de diciembre de 1531 era la salud de su tío Juan Bernardino, quien se encontraba gravemente enfermo.
La narración señala que, mientras buscaba un sacerdote para asistirlo espiritualmente, Juan Diego intentó rodear el cerro del Tepeyac para evitar retrasarse. Sin embargo, la Virgen se le apareció nuevamente y le aseguró que no debía preocuparse porque su familiar había recuperado la salud.
La tradición también sostiene que ese mismo día la Virgen se manifestó ante Juan Bernardino. Durante aquella aparición le habría revelado el nombre con el que deseaba ser venerada: Santa María de Guadalupe.
Este episodio ocupa un lugar importante dentro del relato guadalupano porque vincula la curación milagrosa de Juan Bernardino con la consolidación de la devoción que posteriormente se extendería por toda la Nueva España.
En el Nican Motecpana ,se narran detalles de la vida de Juan Diego, y estableciendo la relación entre la Virgen de Guadalupe y la de los Remedios, siendo una fuente crucial sobre las apariciones marianas y los primeros años de devoción guadalupana en México , @vickyvidal1 pic.twitter.com/PWpCMVRAJT
— nican mopohua (@MKefrenmarin) January 6, 2026
En México Travel Channel exploramos las vidas, misterios y legados de los personajes que dieron forma a los grandes santuarios y rutas de peregrinación de nuestro país.
¿Qué hizo Juan Diego después del milagro de la Virgen de Guadalupe?
La imagen más famosa de Juan Diego es la del hombre que lleva flores en su tilma.
Pero la menos conocida es la del anciano que dedicó los últimos años de su vida a custodiar el santuario naciente.
De acuerdo con la tradición guadalupana recogida en el Nican Motecpana, después de las apariciones Juan Diego pasó a vivir junto al pequeño templo donde se colocó la imagen guadalupana, dedicándose a cuidar la capilla, recibir peregrinos y mantener vivo el recuerdo de lo sucedido.
Es fácil imaginar aquellas mañanas.
Antes del amanecer, cuando la niebla aún cubría los llanos del Valle de México, el anciano recorría los alrededores de la modesta capilla de adobe. Barría el atrio, recibía visitantes y guiaba a quienes llegaban movidos por la curiosidad o la fe.
Muchos peregrinos indígenas recorrían largas distancias para conocer al hombre que había hablado directamente con la Señora del Tepeyac.
Y allí estaba él, sin discursos grandilocuentes ni pretensiones.
Contando una y otra vez la misma historia.
Relataba el canto de los pájaros que escuchó aquella mañana de diciembre. Describía el resplandor del cerro. Recordaba las palabras cariñosas con las que fue llamado: “Juanito, Juan Dieguito”, expresión conservada en la tradición guadalupana del Nican Mopohua.
Gracias a su testimonio, la devoción comenzó a extenderse rápidamente entre las comunidades indígenas de la región. El Vaticano señala que Juan Diego cuidó la iglesia y atendió a los primeros peregrinos que acudían a venerar a la Madre de Jesús.
Así, tanto los documentos religiosos como las fuentes asociadas a su canonización coinciden en una respuesta sorprendente: Lejos de convertirse en una figura poderosa, habría pasado los últimos 17 años de su vida como custodio de la primera ermita del Tepeyac.
Según la tradición, #taldíacomohoy de 1531, la Virgen de Guadalupe se le apareció al indígena chichimeca Juan Diego Cuauhtlatoatzin en el Cerro del Tepeyac, próximo a Ciudad de México.
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En el Nican mopohua (del náhuatl ‘aquí se narra’), donde se relatan las apariciones de la… pic.twitter.com/GaIyWMApqi
La muerte de Juan Diego: cómo fueron sus últimos años junto a la Virgen de Guadalupe
Los años transcurrieron con serenidad.
Mientras el culto guadalupano crecía, Juan Diego continuó viviendo humildemente junto a la ermita que custodiaba la imagen sagrada.
La tradición afirma que permaneció cerca del Tepeyac durante los últimos años de su vida, dedicado a la oración, la penitencia, la limpieza del pequeño templo y la atención de los peregrinos.
El Vaticano describe esta etapa como una vida humilde de oración, contemplación y servicio junto al santuario.
En 1544 murió su tío Juan Bernardino, quien, como ya lo mencionamos, forma parte de los relatos guadalupanos como destinatario de una aparición y de una curación milagrosa.
Cuatro años después fue el turno de Juan Diego.
La historia marca que murió en 1548, alrededor de los 74 años de edad. El Vaticano lo ubica cronológicamente entre 1474 y 1548, y afirma que fue enterrado en la primera capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe.
Curiosamente, ese mismo año falleció también fray Juan de Zumárraga, el obispo que recibió la manta sagrada.
La narración religiosa sostiene que Juan Diego fue sepultado en el entorno de la primera ermita, pero las sucesivas transformaciones del santuario del Tepeyac hacen difícil hablar hoy de una ubicación arqueológicamente comprobada de sus restos.
Sin embargo, las crónicas religiosas conservan el recuerdo de una muerte sencilla, acorde con la vida que llevó sin riquezas, honores, ni protagonismo, como el humilde mensajero que siempre se consideró.

La primera ermita del Tepeyac: El santuario que cuidó Juan Diego
El primer espacio guadalupano no fue la gran Basílica que hoy recibe a millones de visitantes.
Según el relato, después de las apariciones se levantó una pequeña ermita de adobe para resguardar la tilma. Muy lejos de la monumental basílica actual, aquel primer santuario era una construcción sencilla donde la imagen era venerada por comunidades indígenas y colonos que llegaban al Tepeyac movidos por la curiosidad, la fe o el deseo de escuchar directamente el testimonio de Juan Diego.
Con el paso del tiempo, aquel lugar modesto fue transformándose.
La devoción creció, los peregrinos aumentaron, las construcciones cambiaron y el Tepeyac se convirtió en uno de los centros religiosos más importantes del continente.
Hoy, la Basílica de Guadalupe es uno de los santuarios marianos más visitados del mundo, pero su origen simbólico sigue ligado a esa imagen inicial: Un hombre indígena, una tilma, una ermita y una historia repetida de viva voz entre los primeros peregrinos.
El centro religioso recibe alrededor de 20 millones de visitantes al año, cifra citada por investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), lo que la coloca entre los santuarios marianos más visitados del mundo y por encima de importantes destinos de peregrinación como el Vaticano o Jerusalén.
📍 #fotos ¿Cuál fue la última casa donde vivió San Juan Diego Cuauhtlatoatzin?
— Arquidiócesis Primada de México (@ArquidiocesisMx) December 10, 2024
🕍En la Villa de Guadalupe, en la Antigua Parroquia de Indios se encuentra la ermita que fue la última casa donde san #JuanDiego vivió y custodió por 17 años la tilma con la imagen de la… pic.twitter.com/HCDuQ6751C
Un legado que vibra en los pasos de millones
Cinco siglos después, la figura de Juan Diego continúa acompañando a quienes llegan al Tepeyac.
Cada diciembre, millones de peregrinos avanzan por las mismas rutas que alguna vez recorrió aquel indígena de Cuautitlán rumbo a sus clases de doctrina en Tlatelolco.
La explanada de la Basílica se llena de cantos, danzas y plegarias que mantienen viva una tradición iniciada en el siglo XVI.
Su reconocimiento alcanzó una dimensión mundial el 31 de julio de 2002, cuando el papa Juan Pablo II lo canonizó durante una ceremonia celebrada en la Ciudad de México, convirtiéndolo en el primer santo indígena canonizado del continente americano.
El catolicismo lo reconoce como el primer santo indígena canonizado de América, una figura que simboliza el encuentro entre la evangelización novohispana, la religiosidad indígena y la identidad espiritual mexicana.
Sin embargo, más allá de los reconocimientos oficiales, su legado descansa en algo mucho más sencillo.
Juan Diego representa al hombre común que se convirtió en protagonista de uno de los relatos más influyentes de la historia mexicana. Según la tradición guadalupana, fue un indígena humilde que aceptó una misión extraordinaria y la asumió con la misma sencillez con la que vivió toda su vida.
Mientras el mundo miraba el milagro, él eligió cuidar el lugar donde ocurrió.
Durante casi dos décadas permaneció junto al Tepeyac relatando una historia que cambiaría para siempre la identidad espiritual y cultural de México.
📍✨ ¿Dónde podemos celebrar a San Juan Diego en nuestra Arquidiócesis?
— Arquidiócesis Primada de México (@ArquidiocesisMx) December 9, 2024
Hoy celebramos a San Juan Diego, el mensajero de la Virgen de Guadalupe. Que su ejemplo nos inspire a seguir el camino de la fe con alegría y entrega.
¡San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, ruega por nosotros! 🙏 pic.twitter.com/pzyydLOzPX
¿Qué puede visitarse hoy en el Tepeyac?
Quienes visitan el complejo guadalupano pueden recorrer diversos espacios vinculados con la tradición de Juan Diego y el desarrollo histórico del santuario:
- Basílica de Guadalupe.
- Antigua Basílica.
- Capilla del Cerrito.
- Capilla del Pocito.
- Museo de la Basílica.
- Explanada de peregrinación.
- Monumentos dedicados a San Juan Diego.
La zona se localiza al norte de la Ciudad de México (Fray Juan de Zumárraga No. 2, Colonia Villa Gustavo A. Madero, Alcaldía Gustavo A. Madero) y cuenta con acceso mediante transporte público, Metrobús y líneas del Metro capitalino.
Hoy, cuando los peregrinos cruzan las puertas de la Basílica de Guadalupe, muchos buscan la imagen de la Virgen. Pero también recorren, aunque no siempre lo sepan, los mismos espacios donde Juan Diego habría pasado los últimos años de su vida.
Mientras la fama de la imagen guadalupana se extendía por la Nueva España, Juan Diego eligió permanecer junto a una sencilla ermita, recibiendo visitantes, cuidando el santuario y transmitiendo el relato que marcaría para siempre la historia religiosa de México.
Visitar el Tepeyac es andar por la memoria religiosa, histórica y cultural que sigue tocando el alma de millones de viajeros.
Su legado sigue vivo, como santo y como el hombre que dedicó los últimos años de su vida a cuidar la memoria de uno de los acontecimientos más importantes de la historia espiritual de México.
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