Por: Circe Vargón
Descubre la historia de Balankanché, una de las cuevas sagradas más importantes del mundo maya, donde sacerdotes, gobernantes y peregrinos descendían al corazón de la tierra para rendir culto a Chaac, el dios de la lluvia.
Descender a la Cueva de Balankanché es abandonar la luz.
Apenas se cruza la entrada, el aire cambia. La humedad se pega a la piel, el sonido exterior desaparece y cada gota que cae desde el techo parece marcar un tiempo más antiguo que el humano. No es difícil entender por qué los mayas vieron en esta cueva algo más que una formación natural.
Para ellos, las grutas no eran simples huecos en la tierra, eran umbrales, entradas al inframundo. Espacios donde el agua aparecía como mensaje divino y donde la oscuridad permitía hablar con fuerzas que habitaban debajo de la superficie.
Ubicada a unos 6 kilómetros de Chichén Itzá, en el municipio de Tinum, Yucatán, Balankanché fue una caverna ceremonial vinculada con el paisaje sagrado de la gran ciudad maya.
En su interior, los antiguos sacerdotes depositaron incensarios, vasijas, metates miniatura y ofrendas dedicadas a Chaac, la deidad de la lluvia y de las aguas.
En un territorio como Yucatán, donde los ríos superficiales son escasos y la vida depende de cenotes, cavernas y corrientes subterráneas, pedir lluvia no era solo un acto religioso: era pedir la continuidad del mundo.

En México Travel Channel exploramos los sitios arqueológicos y naturales que revelan la extraordinaria relación entre la espiritualidad maya, el agua y el paisaje sagrado de la península de Yucatán.
El descubrimiento del tiempo congelado
La cueva era conocida por habitantes de la región desde hacía mucho tiempo.
Incluso se habían realizado estudios sobre su fauna desde 1932, pero su mayor secreto permanecía oculto detrás de una pared construida por manos humanas. La Mediateca del INAH señala que la gruta de Balankanché era conocida localmente y que su investigación arqueológica cambió de manera decisiva a partir de 1959.
El protagonista de aquel hallazgo fue José Humberto Gómez Rodríguez, un guía de turistas que exploró la cueva durante años por interés personal.
El 15 de septiembre de 1959, Gómez notó que una sección de una cámara parecía artificial. Al examinarla, descubrió que se trataba de un muro de mampostería recubierto de estuco que cubría el acceso a cámaras desconocidas.
Al cruzar aquella barrera, apareció un mundo detenido. Galerías enteras habían permanecido selladas desde tiempos prehispánicos.
En su interior se encontraban grupos de ofrendas con objetos ceremoniales depositados siglos atrás: incensarios, vasijas, metates miniatura, piezas de concha, lítica y cerámica.
La guía del INAH describe el hallazgo como uno de los descubrimientos arqueológicos más relevantes de su tiempo, porque los objetos permanecían en el mismo lugar en que habían sido colocados.
A diferencia de otros contextos alterados por saqueos o exploraciones tempranas, Balankanché ofreció una escena casi intacta: un santuario subterráneo donde la vida ritual maya parecía haberse detenido de golpe.
#MediatecaINAH 🔎 | Metate con mano
— INAH (@INAHmx) September 7, 2020
Metate de forma rectangular con superficie de molienda plana, dos soportes cónicos y uno rectangular. Fue encontrado en la Cueva de Balankanché, en Yucatán.
Más detalles 👉 https://t.co/vS3nf2W89e pic.twitter.com/KWfxSYyXWb
La Ceiba Sagrada: el árbol que une cielo, tierra e inframundo
El corazón espiritual de Balankanché se encuentra a unos 200 metros de la entrada.
Ahí, en una gran cámara subterránea, una estalactita y una estalagmita se unieron lentamente hasta formar una columna monumental que va del piso a la bóveda. Para los antiguos mayas, aquella formación no era solo piedra.
Era un árbol cósmico.
Para los mayas, pocos símbolos condensaban mejor la estructura del universo. Por eso la formación fue interpretada como una representación tangible del eje que conectaba todos los niveles del cosmos.
El INAH señala que esta columna semeja una gran ceiba, llamada “La Ceiba Sagrada”, y que para los mayas la ceiba o yaaxché funcionaba como axis mundi, es decir, el eje que une cielo, tierra e inframundo.
En la cosmovisión maya, las raíces de la ceiba penetraban los niveles del inframundo, su tronco ocupaba el espacio terrestre y su copa alcanzaba los planos celestes. Por eso, al encontrar una ceiba de piedra dentro de una cueva húmeda y oscura, los sacerdotes mayas debieron interpretar el lugar como un punto privilegiado de comunicación con las fuerzas sobrenaturales.
Aquella columna se convirtió en el centro de las ofrendas.
Para los mayas, pocos símbolos eran tan importantes como la ceiba. Su presencia dentro de la cueva debió reforzar la idea de que Balankanché era un punto de contacto entre los distintos niveles del cosmos, un lugar donde las plegarias podían viajar desde el mundo humano hasta las esferas divinas.
A su alrededor se depositó la mayor concentración de objetos rituales documentados en la cueva, una señal de que este espacio era considerado el corazón ceremonial de Balankanché.
"Las grutas de Balankanché a unos 6 km de las ruinas de Chichén Itzá" -Minube: https://t.co/8EQLqdLuTa pic.twitter.com/Y5OnCTwGQ5
— Yucatan Turismo (@YucatanTurismo) August 3, 2016
El Trono de Chaac y el culto maya al agua
El espacio más impactante de Balankanché es conocido popularmente como el Trono de Chaac, nombre moderno que hace referencia a la concentración de incensarios y ofrendas asociadas con esta deidad de la lluvia.
El INAH documenta que el Grupo I, la cámara principal, concentró numerosas ofrendas alrededor de la columna central con forma de ceiba.
Imagina la escena hace más de mil años: Sacerdotes descendiendo con antorchas, el humo del copal elevándose entre las rocas, el sonido del agua cayendo desde el techo y la oscuridad iluminada apenas por fuego ritual.
En una península donde el agua subterránea sostenía la vida, no resulta extraño que las cuevas y cenotes fueran concebidos como espacios sagrados.
Una guía de difusión del INAH explica que, para los antiguos mayas, las grutas eran lugares húmedos y oscuros vinculados con el inframundo, donde habitaban deidades relacionadas con la vida, la muerte y la fertilidad.
En Balankanché, el culto al agua se volvió visible: cada incensario era una petición; cada vasija, una ofrenda; y cada gota que caía desde la cueva, una señal de Chaac.
No resulta extraño que el culto al agua fuera tan importante. En la península de Yucatán prácticamente no existen ríos superficiales permanentes, por lo que cenotes, cavernas y corrientes subterráneas fueron considerados espacios sagrados desde tiempos ancestrales.
🗺Localizado al sureste del país se encuentra Yucatán, un estado famoso por sus ruinas mayas y su riqueza natural como la gruta #Balankanché.
— Afeet Nacional (@AFEETMex) July 18, 2022
Esta gruta la utilizaban los antiguos mayas como un centro ceremonial en 🙏honor a Balam, un dios protector de los campos y las cosechas. pic.twitter.com/UhKV5gneKQ
Balankanché y Chichén Itzá: un paisaje sagrado
Balankanché no puede entenderse aislada de Chichén Itzá.
El INAH indica que la cueva se localiza a unos 6 kilómetros de esa zona arqueológica y que pudo formar parte del paisaje sagrado de la antigua ciudad. Su uso ceremonial fue particularmente intenso durante el Posclásico Temprano, entre 900 y 1200 d.C., periodo en que Chichén Itzá alcanzó gran importancia regional.
Las evidencias arqueológicas indican que la cueva fue utilizada con fines ceremoniales desde el Preclásico Tardío y hasta el Posclásico, aunque los materiales principales corresponden al Clásico Terminal y Posclásico Temprano, periodo en el que Chichén Itzá se consolidó como uno de los principales centros políticos, comerciales y religiosos del mundo maya.
Eso significa que Balankanché fue visitada durante siglos como un espacio donde la tierra se abría para permitir el contacto con dioses de la lluvia, la fertilidad y el inframundo.
En ese sentido, Chichén Itzá no terminaba en sus pirámides, plazas y juegos de pelota. También se extendía hacia abajo, hacia los cenotes y cuevas donde los mayas buscaron respuestas en la oscuridad.
De hecho, para los antiguos mayas, el paisaje sagrado incluía tanto los monumentos visibles como los espacios ocultos bajo tierra, donde habitaban fuerzas asociadas con el agua, la fertilidad y el origen de la vida.
¡Las Grutas de Balankanché están a unos minutos de #ChichénItzá!
— Chichen Itza (@ChichenItzaMx) July 4, 2020
Estas fueron centro ceremonial de los antiguos #Mayas.
A unos 200 metros de la entrada, se encuentra el Trono de Balam, una especie de altar.
📸: Wanderlum pic.twitter.com/iCMlyha2G5
¿Sabías que…?
El nombre Balankanché suele traducirse como “Trono del Jaguar”. Para los mayas, el jaguar era un animal asociado con la noche, el poder, el inframundo y el tránsito entre distintos planos del universo, por lo que el nombre de la cueva refuerza su carácter sagrado.
Los grupos de ofrendas: Una geografía ritual bajo tierra
Lejos de ser una cavidad uniforme, Balankanché está formada por distintas cámaras y espacios ceremoniales que desempeñaron funciones específicas dentro del universo ritual maya.
Los arqueólogos han identificado varios conjuntos de ofrendas distribuidos a lo largo de la cueva, donde incensarios, vasijas y objetos simbólicos fueron depositados como parte de ceremonias relacionadas con el agua, la fertilidad y la comunicación con las deidades del inframundo.
El interior de Balankanché se organiza en distintos grupos ceremoniales.
El Grupo I es el más importante por la presencia de la Ceiba Sagrada y la enorme concentración de ofrendas. En este espacio se hallaron incensarios con rostros de Chaac, metates miniatura, vasijas y marcas de manos en rojo ocre.
El Grupo II conserva columnas formadas por estalactitas y estalagmitas, además de 19 incensarios bicónicos decorados con representaciones de Chaac o Tláloc, junto con vasijas, un hacha de piedra caliza y pequeñas cuentas de hueso, concha y jade.
El Grupo III contiene un depósito de agua cristalina donde se observaron pequeños peces y langostinos. Allí se colocaron incensarios, metates pequeños, platos, malacates y vasijas; la abundancia de metates miniatura sugiere rituales vinculados con la fertilidad de la tierra.
Los grupos IV, V y VI son de difícil acceso y no están abiertos a la visita pública, de acuerdo con el sitio Lugares INAH.
Así, la cueva funciona como una especie de mapa ritual: cada cámara, cada depósito de agua y cada formación geológica tenía un sentido dentro del recorrido sagrado.
¿Sabías que las Grutas de Balankanche están cerca de Chichén Itzá? Tienes que visitarlas durante tu viaje a Yucatán. #XichenTours pic.twitter.com/DiKNavrIqp
— Xcaret Expeditions (@XCExpedition) July 3, 2018
Balankanché y Balamkú: Los secretos que siguen emergiendo del subsuelo maya
En años recientes, el estudio de cuevas cercanas a Chichén Itzá ha cobrado nueva importancia.
El proyecto Gran Acuífero Maya (GAM) exploró nuevamente Balankanché en 2017 para realizar mapas de pasajes sumergidos y documentar áreas que no habían sido registradas previamente.
La revista digital Arqueología Mexicana señala que la cueva es más grande de lo que se pensaba y que sus zonas rituales fueron ampliamente utilizadas.
Además, el hallazgo de la cueva Balamkú, también asociada a Chichén Itzá, fue descrito por el arqueólogo Guillermo de Anda como el descubrimiento más importante en la península desde Balankanché.
Ambos hallazgos demostraron que buena parte de la historia ritual de Chichén Itzá permanece oculta bajo tierra, en cuevas y sistemas subterráneos apenas explorados.
La Secretaría de Cultura informó que Balamkú conservaba más de 200 incensarios y otros objetos rituales en magnífico estado, lo que ayuda a profundizar en el “lado subterráneo” del universo maya.
Estos hallazgos confirman algo fundamental: para entender Chichén Itzá no basta mirar hacia sus templos.
También hay que mirar hacia sus cuevas, el agua oculta y los lugares donde los antiguos mayas depositaron sus preguntas más importantes.
Recorre la zona arqueológica Balamkú👣
— @INAHCampeche (@inahcampeche) February 19, 2026
Visítala de lunes a domingo de 8 a 17 h 😎
📸Fotos: Félix Camacho / Centro INAH Campeche pic.twitter.com/cUQ74uZbJX
¿Se puede visitar Balankanché?
Balankanché se encuentra sobre la Carretera Federal 180 Mérida-Valladolid, en el kilómetro 123 + 400, municipio de Tinum, Yucatán. El INAH señala que está a unos 6 kilómetros de Chichén Itzá.
Hasta el momento de esta publicación este lugar sagrado se encuentra cerrado al público para su conservación.
Debido a su fragilidad arqueológica y ambiental, cualquier eventual reapertura debe priorizar la conservación de las ofrendas, las formaciones geológicas y las condiciones naturales que han permitido preservar este santuario durante siglos.
Sin embargo, Balankanché no deja de ser uno de los espacios ceremoniales más importantes de la antigua civilización maya.
Vasija del dios de la lluvia.
— Aldo Sauza (@aldo_sauza) April 12, 2025
La pieza se localizó dentro una gruta en Balankanché, en Yucatán. Representa a una deidad de la lluvia, aunque en él área maya era denominado Chaac, la pieza tiene los elementos de Tláloc: anteojeras y bigotera. Conserva pigmento rojo y azul maya. pic.twitter.com/LFUhdjZC04
El eco de las plegarias mayas bajo Yucatán
A la luz tenue de las galerías subterráneas, entre incensarios que han permanecido inmóviles durante siglos y frente a la enorme columna que simboliza la Ceiba Sagrada, resulta fácil imaginar a los sacerdotes que descendían hasta aquí para pedir lluvia, fertilidad y equilibrio para su pueblo.
Porque bajo la superficie de Yucatán existe un universo sagrado donde el agua, la piedra y la oscuridad conservan la memoria de una civilización que encontró en las cuevas una puerta hacia lo divino.
Y pocas muestran esa conexión con tanta claridad como Balankanché, el santuario subterráneo donde los mayas buscaron la lluvia, la fertilidad y el equilibrio del mundo.
Si planeas visitar la zona de Chichén Itzá, mantente atento a la reapertura de Balankanché y prepárate para conocer uno de los espacios rituales más enigmáticos del mundo maya.
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