Por: Circe Vargón
Descubre cómo los astrónomos mayas calculaban los eclipses solares y lunares mediante matemáticas avanzadas y observación arquitectónica.
El Sol brillaba sobre las ciudades mayas cuando, lentamente, una sombra comenzaba a cubrirlo.
Para la mayoría de sus habitantes, el oscurecimiento repentino debió ser un acontecimiento extraordinario. Pero quienes observaban el cielo, registraban las lunaciones y llevaban la cuenta de los días podían saber que se acercaba un periodo en el que aquel fenómeno era posible.
No necesitaban telescopios ni computadoras. Trabajaban con algo más difícil de construir: siglos de observación, registros precisos y un sistema matemático capaz de conservar el movimiento del cielo mediante números.
Los antiguos especialistas mayas combinaron calendarios lunares, escritura jeroglífica y cálculos numéricos para reconocer patrones astronómicos.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) señala que su sistema de meses lunares, relacionado con las fechas de la Cuenta Larga, alcanzó una elevada capacidad para anticipar periodos susceptibles de presentar eclipses.
Su prueba documental más importante se encuentra en las páginas del Códice de Dresde, manuscrito donde el tiempo, las matemáticas, los dioses y el movimiento de los astros quedaron reunidos en un mismo sistema.
En México Travel Channel nos impresiona la capacidad de las antiguas sociedades para interpretar el cielo. Hoy abrimos las páginas del Códice de Dresde para descubrir cómo generaciones de observadores mayas lograron reconocer el ritmo de los eclipses mucho antes de la astronomía moderna.
El Códice de Dresde: un libro para contar el cielo
El Códice de Dresde es uno de los cuatro códices mayas prehispánicos conservados actualmente. Los otros tres son el Códice de Madrid, resguardado en el Museo de América de Madrid; el Códice de París, conservado en la Biblioteca Nacional de Francia; y el Códice Maya de México, anteriormente conocido como Códice Grolier, bajo resguardo de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, en la Ciudad de México.
Fue elaborado aproximadamente entre 1200 y 1250 sobre papel de amate y está compuesto por 39 hojas pintadas por ambos lados. Su contenido reúne calendarios rituales, imágenes de deidades, números, fases de Venus y tablas relacionadas con eclipses solares y lunares.
Sus páginas no funcionan como un tratado de astronomía contemporáneo. En ellas, la observación celeste aparece integrada con calendarios, ceremonias y concepciones religiosas.
Los especialistas mayas utilizaban puntos para representar unidades y barras para indicar grupos de cinco. Su sistema numérico, organizado principalmente en unidades de base 20, facilitaba el registro de grandes cantidades de días y la comparación entre distintos ciclos.
Las tablas permitían conservar observaciones realizadas por generaciones anteriores. Un especialista no necesitaba presenciar todos los fenómenos personalmente: podía continuar una secuencia numérica registrada mucho antes de su nacimiento.
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— INEHRM (@INEHRM) September 29, 2026
El códice de Dresde es un códice maya del siglo XIII d.C. De acuerdo con Erik Velásquez, posee 39 hojas de papel amate pintadas por cada lado, y “es una compilación de complejos almanaques adivinatorios, tablas astronómicas, calendáricas y numéricas […]” pic.twitter.com/jWCqyGSjUP
¿Cómo terminó un códice maya en Alemania?
La historia del Códice de Dresde después de abandonar el mundo maya conserva importantes vacíos.
No se sabe con certeza cuándo salió de América ni quién lo llevó a Europa. Su trayectoria documentada reaparece en 1739, cuando el bibliotecario Johann Christian Götze lo adquirió en Viena para incorporarlo a la colección de la biblioteca de Dresde. Durante el siglo XIX, los estudiosos reconocieron finalmente que se trataba de un manuscrito maya.
Actualmente se conserva en la Biblioteca Estatal y Universitaria de Sajonia de Dresde, conocida como SLUB Dresden. La institución lo exhibe en dos grandes segmentos protegidos entre placas de vidrio dentro de la cámara del tesoro de su Museo del Libro y ofrece además acceso a versiones digitalizadas del manuscrito.
Desde México también puede consultarse digitalmente mediante la edición y el repositorio del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
El códice sobrevivió durante siglos pese a la enorme pérdida de manuscritos mayas ocurrida después de la Conquista. Sus 39 hojas de corteza permanecieron plegadas originalmente como un biombo; actualmente se muestran en dos largos segmentos que, juntos, alcanzan unos 3.56 metros.
¿Cómo predecían los eclipses?
Mediante la observación metódica de los ciclos de la Luna y Venus durante siglos, los sabios mayas identificaron los intervalos de 177 días (seis meses lunares) en los que era científicamente posible que ocurriera un eclipse. Este ciclo, conocido como “semestre de eclipses”, les permitía anticipar cuándo era probable que ocurriera un eclipse solar o lunar.
Los mayas también desarrollaron tablas de predicción basadas en el ciclo de Saros (aproximadamente 18 años y 11 días), que les permitía prever eclipses con mayor precisión. Estas tablas se encuentran en el Códice de Dresde y demuestran un conocimiento astronómico comparable al de los astrónomos babilonios.

La Luna era la clave para reconocer los eclipses
Los eclipses dependen del movimiento de la Luna.
Un eclipse solar ocurre cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol. Uno lunar sucede cuando la Tierra se coloca entre el Sol y la Luna, proyectando su sombra sobre el satélite.
Sin embargo, estos fenómenos no ocurren durante cada luna nueva o luna llena porque la órbita lunar se encuentra inclinada respecto al recorrido aparente del Sol. Solamente cuando la Luna pasa por determinados puntos de intersección puede producirse la alineación necesaria.
Los mayas no describieron este mecanismo mediante la física orbital moderna. Lo reconocieron a través de la repetición.
Al registrar lunaciones sucesivas, observaron que los eclipses se agrupaban dentro de periodos separados por aproximadamente cinco o seis meses lunares. De esta manera podían identificar temporadas en las que la posibilidad de un eclipse aumentaba.
La predicción consistía en anticipar una ventana temporal, no en determinar con exactitud moderna la trayectoria de la sombra sobre la superficie terrestre.

Las tablas de eclipses: una memoria escrita en números
Las llamadas tablas de eclipses del Códice de Dresde aparecen en las páginas 51a a 58b.
Sus secuencias relacionan fechas, intervalos lunares, glifos y representaciones asociadas con los eclipses. El sistema marcaba posiciones en las que podían presentarse fenómenos solares o lunares dentro de una misma serie de nombres calendáricos.
La tabla fue construida mediante observaciones acumuladas. Los especialistas registraban los días relacionados con los fenómenos y comparaban los intervalos transcurridos hasta que aparecía una secuencia repetible.
Este método exigía:
- Observar las fases de la Luna.
- Registrar fechas dentro de distintos calendarios.
- Contar los días entre acontecimientos astronómicos.
- Comparar intervalos anteriores.
- Corregir la tabla cuando la secuencia dejaba de coincidir con el cielo.
Su precisión no procedía de un aparato óptico, sino de la continuidad del registro.

¿Podían saber exactamente dónde aparecería un eclipse?
Los cálculos mayas permitían determinar cuándo se aproximaba una temporada propicia para eclipses, pero la visibilidad de un eclipse solar depende de una franja geográfica relativamente estrecha.
Por esa razón, un fenómeno podía ocurrir sin ser visible desde la ciudad donde se había calculado.
El INAH estima que los mayas alcanzaron una certidumbre importante para anticipar estos periodos, aunque no siempre podían comprobar el eclipse desde el lugar de observación debido al movimiento terrestre y a la trayectoria de la sombra.
La cartografía precisa de las franjas de visibilidad apareció muchos siglos después. Actualmente, los astrónomos utilizan modelos físicos, mediciones orbitales y computadoras para establecer el segundo exacto y el territorio desde donde podrá contemplarse un eclipse.
Los mayas realizaban otro tipo de predicción: reconocían que el cielo había entrado nuevamente en una fase en la que la alineación podía producirse.

Arquitectura para medir el movimiento del cielo
Los edificios mayas también ayudaban a convertir el horizonte en una referencia de observación.
La orientación de plazas, accesos y estructuras permitía seguir posiciones periódicas del Sol, Venus y otros cuerpos celestes. Al observar la salida o puesta de un astro respecto de un punto arquitectónico estable, era posible reconocer su desplazamiento durante el año.
En Chichén Itzá, la estructura conocida como El Caracol posee una plataforma rectangular y una torre circular formada por espacios concéntricos. El INAH vincula sus orientaciones y aberturas con el registro de movimientos astronómicos, especialmente los de Venus, cuerpo fundamental para los calendarios rituales mayas.
La ciudad integró urbanismo, arquitectura y conocimiento celeste. Sus orientaciones transformaron determinados edificios en referencias duraderas para observar el horizonte y organizar calendarios ceremoniales.
La arquitectura no calculaba el eclipse por sí sola. Ayudaba a crear un marco estable para registrar posiciones y transmitir conocimientos entre generaciones.
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El Caracol y la observación de Venus
El Caracol recibe su nombre moderno por la escalera interior en espiral que comunica los espacios de su torre.
La estructura presenta por lo menos seis momentos constructivos, señal de que fue modificada durante un periodo prolongado. Sobre su gran plataforma se levanta un edificio circular con tres crujías concéntricas comunicadas entre sí.
El INAH destaca que sus muros, ventanas y túneles horizontales pudieron ayudar a registrar el movimiento de Venus. Este planeta tenía una enorme relevancia ritual y calendárica dentro del mundo maya, como muestran también las tablas conservadas en los códices.
Observar Venus, el Sol y la Luna permitía relacionar diferentes ritmos celestes. Los especialistas podían comparar ciclos cortos, como una lunación, con secuencias mayores de cientos o miles de días.
Cada observación añadía una nueva pieza al calendario.

Matemáticas, astronomía y religión formaban un mismo conocimiento
Para los mayas, calcular el cielo no constituía una actividad separada de la vida política y religiosa.
Los calendarios organizaban ceremonias, actividades agrícolas, conmemoraciones y decisiones de los gobernantes. Los códices eran elaborados y consultados por integrantes de las élites que dominaban la escritura, las matemáticas y los conocimientos rituales.
Los eclipses podían interpretarse como alteraciones del orden celeste. Saber que se aproximaba una temporada de riesgo permitía organizar ceremonias y responder ritualmente al oscurecimiento del Sol o de la Luna.
Ese vínculo no disminuye el valor de sus conocimientos astronómicos.
La observación científica y la interpretación religiosa no funcionaban como ámbitos independientes. Formaban parte de una misma manera de comprender el universo.

El cielo convertido en calendario
Los astrónomos mayas no necesitaban observar directamente cada eclipse para reconocer el patrón.
Contaban lunaciones, registraban intervalos, comparaban fechas y transmitían sus resultados por medio de códices y calendarios.
El conocimiento de una generación podía ser revisado y continuado por la siguiente.
Así consiguieron transformar un acontecimiento aparentemente impredecible en una posibilidad calculable.
No sabían, mediante modelos físicos, cómo se proyectaría la sombra de la Luna sobre cada región. Pero lograron reconocer que los eclipses obedecían a ciclos y que el cielo, observado durante suficiente tiempo, revelaba sus repeticiones.
Cuando hoy contemplamos un eclipse desde una zona arqueológica, no estamos viendo exactamente el mismo mundo que observaron los antiguos mayas.
No obstante, seguimos levantando la mirada hacia los mismos astros.
Ellos convirtieron siglos de observación en números; después reunieron esos números dentro de un libro para que el cielo pudiera seguir siendo leído mucho después de su tiempo.
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