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Mucho antes del cine y la televisión, una familia tlaxcalteca consiguió que pequeños personajes de madera caminaran, bailaran y protagonizaran historias ante públicos de distintas generaciones.

Se abre el telón y sobre el escenario aparece un personaje de apenas unos centímetros. Mueve los brazos, gira la cabeza y comienza una escena que hace reír al público.

Desde abajo parece sencillo, pero arriba, escondidas entre bastidores, unas manos controlan cuidadosamente los hilos.

La escena podría haber ocurrido hace más de un siglo en cualquier plaza o teatro mexicano donde se presentaba la célebre Compañía de Marionetas Rosete Aranda, una empresa familiar originaria de Huamantla, Tlaxcala, cuya trayectoria se extendió desde 1835 hasta 1942.

La Secretaría de Cultura de Tlaxcala identifica aquella compañía con el nombre de Empresa Nacional Mexicana de Autómatas Rosete Aranda y reconoce su legado como fundamento de la profunda tradición titiritera que caracteriza actualmente al estado.

Su importancia fue tal que, casi un siglo después de aquellas funciones, Huamantla conserva un museo dedicado a este arte y Tlaxcala mantiene un festival internacional que en 2025 celebró 40 ediciones.

1835: cuatro hermanos descubren que un muñeco puede cobrar vida

La historia comienza en 1835, en el barrio de San Lucas, en Huamantla.

Los hermanos Julián, Hermenegildo, Buenaventura y María de la Luz Aranda fabricaban pequeños muñecos de barro como entretenimiento. Según la cronología documental del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli (CITRU), el párroco del lugar, impresionado por su habilidad, les pidió participar en la elaboración de un nacimiento.

Pero los hermanos hicieron algo más. Crearon figuras capaces de moverse y posteriormente las utilizaron para representar una pastorela. Sin saberlo había comenzado una dinastía.

Entre 1836 y 1839 perfeccionaron su técnica e idearon la llamada cruceta mexicana, mecanismo que proporcionaba mayor movilidad a los títeres. Sus representaciones se hicieron progresivamente más complejas, hasta incorporar escenas con numerosos personajes.

La unión de María de la Luz Aranda y Antonio Rosete dio origen a la siguiente generación y al apellido compuesto que terminaría identificando a la compañía: Rosete Aranda. Hijos y descendientes se repartieron las tareas como fabricantes, manipuladores, músicos, libretistas y empresarios.

El entretenimiento familiar comenzaba a transformarse en empresa teatral.

Foto: Secretaría de Cultura
Durante más de un siglo, los Rosete Aranda llevaron un México en miniatura dentro de sus baúles: cientos de personajes de madera que cobraban vida cada vez que unas manos volvían a tensar los hilos./Foto: Secretaría de Cultura

Más de 500 marionetas: un México entero dentro de un teatrino

La época de mayor esplendor llegó durante el Porfiriato, periodo comprendido generalmente entre 1876 y 1911, marcado por el prolongado dominio político de Porfirio Díaz, con la interrupción de la presidencia de Manuel González entre 1880 y 1884.

Fue entonces cuando la compañía alcanzó una de sus etapas de mayor desarrollo. El CITRU documenta que llegó a contar con más de 500 títeres de entre 30 y 40 centímetros de altura, tallados en madera, una orquesta, un teatro propio en el sur de la Ciudad de México y un repertorio superior a los 200 argumentos.

Sobre aquellos escenarios cabía prácticamente todo.

Podían representarse escenas costumbristas, números musicales y acontecimientos de la vida cotidiana. El enorme repertorio permitía modificar los espectáculos y construir verdaderos mundos en miniatura.

Las marionetas llegaban incluso a importantes escenarios capitalinos como los teatros Arbeu, Nacional e Hidalgo.

Sus funciones retrataban pasajes de la historia nacional, costumbres pueblerinas, corridas de toros, peleas de gallos y sátiras políticas de la época, siendo alabadas por Presidentes de México como Benito Juárez y Porfirio Díaz.

Su fama convirtió a Huamantla en un referente dentro de la historia del teatro de títeres mexicano, reconocimiento que continúa siendo reivindicado por el Gobierno de Tlaxcala.

Cada viaje llevaba consigo un teatro completo: marionetas, vestuario, escenografías, instrumentos y libretos recorrían México dentro de los baúles de los Rosete Aranda/Foto: Gobierno de Tlaxcala

Los mecanismos que producían la ilusión de vida

Mover una marioneta no consistía simplemente en tirar de varios hilos.

Cada muñeco estaba diseñado para realizar determinados movimientos. Cabeza, brazos y piernas debían responder a los controles del titiritero mientras los personajes interactuaban dentro de escenas cada vez más complejas.

La investigación del CITRU identifica entre quienes hicieron posible la compañía a constructores, manipuladores, músicos, escritores y empresarios, prueba de la complejidad que alcanzó la producción.

Y después estaba el viaje. Los Rosete Aranda tenían que transportar títeres, escenografía, vestuario, instrumentos, libretos y la infraestructura necesaria para convertir temporalmente un nuevo espacio en teatro.

Cada gira equivalía a llevar un pequeño universo dentro de baúles.

Madera, tela y unos cuantos hilos bastaban para crear la ilusión: detrás de cada personaje Rosete Aranda había manos capaces de transformar un muñeco inmóvil en protagonista de una historia./Secretaría de Cultura

Tres generaciones recorrieron México durante más de un siglo

La Empresa Rosete Aranda consiguió algo todavía más extraordinario que fabricar cientos de muñecos, logró que el conocimiento sobreviviera dentro de la familia durante tres generaciones.

Durante décadas recorrió distintas regiones del país y llevó su repertorio desde espacios populares hasta importantes teatros.

El CITRU establece 1942 como cierre de la trayectoria de la compañía familiar. Un año después, en 1943, Francisco Rosete Reséndiz vendió el nombre de la empresa a Carlos V. Espinal, quien desarrollaría una compañía distinta bajo la célebre denominación.

La diferencia es importante para comprender su legado. La dinastía original había terminado su recorrido, pero el nombre Rosete Aranda todavía tenía otra vida por delante.

Cada gira exigía transportar títeres, escenarios, vestuario, instrumentos y libretos: un pequeño universo teatral viajando dentro de baúles./Foto: Gobierno de Tlaxcala

Museo Nacional del Títere: donde los personajes siguen esperando el telón

El mejor lugar para acercarse a esta historia se encuentra en el centro de Huamantla.

En pleno centro se encuentra el Museo Nacional del Títere, conocido como MUNATI, abrió sus puertas el 9 de agosto de 1991. Ocupa un inmueble histórico del siglo XVIII que originalmente funcionó como casa habitación.

El museo exhibe más de 500 títeres de diferentes épocas, técnicas y lugares. Entre sus colecciones sobresalen las piezas Rosete Aranda, los personajes de la época de oro del guiñol mexicano y ejemplares procedentes de Asia, Europa y América. Cuenta con ocho salas permanentes, una sala temporal, visitas guiadas, talleres y actividades educativas.

El museo cuenta con ocho salas permanentes y una temporal, además de talleres, visitas guiadas, actividades didácticas y presentaciones.

  • Ubicación: Parque Juárez 15, Centro, Huamantla, Tlaxcala.
  • Horario: martes a domingo, de 10:00 a 17:00 horas.
  • Entrada: libre.

Recorrer sus salas permite experimentar algo curioso. Los personajes están quietos, pero basta imaginar los hilos tensándose sobre ellos para comprender que fueron creados para moverse.

El festival que devolvió los títeres a plazas y comunidades

El legado no permaneció únicamente detrás de vitrinas y aquella iniciativa dio origen al actual Festival Internacional de Títeres de Tlaxcala Rosete Aranda.

En 1983, la actriz Guadalupe Alemán Ramírez y el ingeniero Alejandro Jara Villaseñor impulsaron la creación de un festival dedicado a recuperar y extender la tradición titiritera. La Secretaría de Cultura de Tlaxcala señala que el proyecto fue elaborado formalmente el 14 de junio de 1983 y contó con el respaldo de figuras del teatro de títeres, entre ellas Roberto Lago, Mireya Cueto, Virginia Ruano y Francisco Rosete Aranda.

El propósito recuperaba algo esencial del espíritu itinerante de la antigua compañía.

El encuentro organiza funciones, talleres y conferencias en teatros y comunidades con el propósito de preservar, difundir y revalorar este arte escénico. Su programación acerca compañías mexicanas y extranjeras a públicos de diferentes municipios.

En 2025 celebró su edición número 40, realizada del 14 al 26 de octubre. La programación confirmó la permanencia de un festival que no se limita a exhibir marionetas antiguas, sino que impulsa nuevas creaciones y generaciones de titiriteros.

Esa quizá sea la mejor forma de proteger el legado Rosete Aranda.

No guardar todos los personajes detrás de una vitrina, sino permitir que el teatrino vuelva a abrirse y que otros muñecos aprendan a caminar sobre el escenario.

Tres generaciones mantuvieron en movimiento una compañía familiar cuya trayectoria se extendió de 1835 a 1942./Foto: Secreatría de Cultura

Los hilos que todavía unen a Huamantla con su pasado

Han pasado casi dos siglos desde 1835. Años en los que el entretenimiento a cambiando alrededor del mundo. Llegó el cine, la radio, la televisión, internet y las pantallas que hoy llevamos en los bolsillos.

Pero en Huamantla todavía existe una sala donde basta mirar una pequeña figura suspendida de varios hilos para regresar a otra época, en que una familia viajaba llevando consigo personajes, escenarios e historias.

Los Rosete Aranda lograron algo aparentemente sencillo y, al mismo tiempo, extraordinariamente difícil: Convencer al público de que un muñeco podía estar vivo.

Su compañía desapareció, pero sus personajes, aunque dejaron de recorrer aquellos antiguos escenarios, siguen recordándonos esa tradición y cómo ha sobrevivido.

Y cada vez que vuelve a abrirse un teatrino en Tlaxcala y unas manos levantan los hilos, la función de los Rosete Aranda, de alguna manera, vuelve a comenzar.

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