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Por: Circe Vargón

Imagina el puerto de Manila en el verano de 1596.

El aire huele a especias, canela y madera mojada. Estibadores cargan sedas chinas, porcelanas finísimas y cofres repletos de mercancías cuyo valor podría enriquecer ciudades enteras.

Entre comerciantes, marineros y religiosos se encuentra un joven nacido al otro lado del océano, en la Ciudad de México.

Se llama Felipe de las Casas y Martínez.

Todavía nadie lo conoce como San Felipe de Jesús.

Nadie imagina que su nombre terminará inscrito en la historia religiosa de México.

Felipe nació el 1 de mayo de 1572 en la capital de la Nueva España, ahora Ciudad de México.

Diversas biografías religiosas -como Catholic, Formaciones Eglar e Historia Japonesa–  lo describen como un joven inquieto y aventurero que, tras una primera experiencia frustrada en la vida franciscana, viajó a Filipinas en busca de fortuna y terminó reencontrando allí su vocación espiritual. En Manila ingresó nuevamente con los franciscanos y adoptó el nombre religioso de Felipe de Jesús.

En 1596 estaba convencido de haber encontrado su camino.

Como en Filipinas no había entonces un obispo disponible para conferirle la ordenación sacerdotal, sus superiores decidieron enviarlo de regreso a México para completar su ordenación y el 12 de julio de 1596, Felipe embarcó rumbo a la Nueva España a bordo del galeón San Felipe, una nave de la ruta transpacífica que conectaba Manila con Acapulco.

A bordo viajaban religiosos, comerciantes, tripulantes y una carga de enorme valor. El sitio Archivo de la Frontera señala que el galeón llevaba mercancías valuadas por algunos en un millón trescientos mil pesos y que entre sus pasajeros viajaban frailes agustinos, dominicos y franciscanos, incluido Felipe de las Casas, o Felipe de Jesús.

Lo que el joven ignoraba era que jamás volvería a ver su ciudad natal.

Foto: Wikimedia Commons
La historia del joven novohispano une aventura marítima, fe y tragedia en uno de los episodios más sorprendentes de los vínculos entre México y Asia./Foto: Wikimedia Commons

El naufragio del Galeón San Felipe frente a las costas de Japón

Durante las primeras semanas, la travesía parecía seguir el curso esperado.

Pero el océano tenía otros planes.

La ruta entre Manila y Acapulco, conocida popularmente como la Nao de China o galeón de Manila, era una de las conexiones marítimas más importantes y peligrosas del mundo virreinal.

Archivo de la Frontera recupera la relación escrita por el escribano del galeón, Andrés de Saucola, quien describe una travesía relativamente tranquila hasta mediados de septiembre de 1596.

Después llegó la tormenta.

El 18 de septiembre, el San Felipe enfrentó un huracán tan violento que la nave quedó prácticamente inutilizada. La relación citada por Archivo de la Frontera describe golpes de mar capaces de arrancar hombres de la cubierta, daños en la bitácora, el fogón, el timón, el árbol mayor y la mesana.

Los marineros rezaban mientras los religiosos administraban confesiones a quienes temían no sobrevivir a la tormenta.

Sin capacidad para continuar hacia Acapulco, la tripulación decidió buscar refugio en Japón, la tierra firme más cercana. Pero nuevos temporales volvieron a castigar la nave el 25 de septiembre y el 3 de octubre, hasta dejar al galeón sin gobierno frente a la costa japonesa.

Después de semanas de sufrimiento, la tripulación divisó finalmente la costa.

Pero el alivio duró poco.

El 19 de octubre de 1596, el San Felipe naufragó en Urado, en la isla japonesa de Shikoku, cuando viajaba de Manila hacia Acapulco. El incidente tendría consecuencias mucho más graves que la pérdida del barco.

Los sobrevivientes creían haber escapado de la muerte, pero en realidad, acababan de entrar en una tragedia mucho mayor.

El incidente del San Felipe y la persecución de los cristianos en Japón

Japón atravesaba un momento delicado.

Toyotomi Hideyoshi, el poderoso gobernante que había logrado unificar gran parte del país, observaba con creciente desconfianza la expansión europea y el avance del cristianismo en territorio japonés.

Fuentes históricas, recopiladas en la Hispanopedia, sobre el incidente del San Felipe explican que el comercio europeo, la presencia misionera y los intereses políticos de portugueses y españoles habían generado tensiones en Japón desde décadas anteriores.

Cuando las autoridades locales inspeccionaron el galeón, quedaron impresionadas por el valor de su cargamento. El daimyō local, es decir, el señor feudal que gobernaba la región, de nombre Chōsokabe Motochika, se apoderó de la carga, y el caso pronto llegó hasta Hideyoshi.

Entonces ocurrió algo que cambió el destino de los náufragos.

Durante los interrogatorios, uno de los tripulantes habría explicado de forma imprudente que los misioneros solían preceder las conquistas militares españolas. Esa afirmación, recogida en distintas reconstrucciones del incidente (publicada en La Enciclopedia Católica), fue interpretada por las autoridades japonesas como una amenaza directa: Los religiosos podían ser vistos como la avanzada espiritual de una futura invasión.

Para Hideyoshi aquello sonaba a una amenaza directa.

El resultado fue inmediato.

Los franciscanos y numerosos cristianos fueron arrestados bajo sospecha de formar parte de una avanzada de conquista extranjera.

Entre los detenidos estaba Felipe de Jesús.

El joven mexicano que solo quería regresar a casa quedó atrapado en una disputa entre imperios.

¿Cómo Felipe de Jesús terminó entre los 26 Mártires de Nagasaki?

Los prisioneros fueron obligados a recorrer cientos de kilómetros custodiados por soldados.

La humillación era parte del castigo.

Las crónicas religiosas y biográficas señalan que los detenidos fueron apresados en Kioto, trasladados a prisión y sometidos a humillaciones antes de iniciar una larga marcha hacia Nagasaki.

La Orden de Frailes Menores relata que el 3 de enero de 1597 les cercenaron las orejas y que después fueron paseados por las calles de Kioto antes de ser llevados a Osaka y finalmente a Nagasaki.

A cada pueblo que atravesaban se sumaban curiosos. Algunos miraban con miedo. Otros con compasión. Nadie sabía con certeza qué ocurriría al final del camino.

Finalmente llegaron a Nagasaki.

Allí se les notificó la sentencia.

Los 26 cristianos serían ejecutados.

Entre ellos había franciscanos, jesuitas y laicos japoneses. Catholic.net enumera a los compañeros del martirio, entre ellos Pablo Miki, Juan de Goto, Jacobo Kisai, Pedro Bautista, Martín de la Ascensión, Francisco Blanco, Gonzalo García, Francisco de San Miguel y numerosos catequistas y neófitos japoneses.

También estaba el joven novohispano nacido en la Ciudad de México.

La ejecución de San Felipe de Jesús en Nagasaki

La mañana del 5 de febrero de 1597 amaneció fría en Nagasaki.

En la colina de Nishizaka, también conocida en la tradición cristiana como el Monte de los Mártires, se levantaban las cruces destinadas a los condenados. La Enciclopedia Católica relata que fueron clavados en cruces y posteriormente atravesados con lanzas.

La Orden de Frailes Menores señala que todos fueron crucificados en esa colina.

Los relatos religiosos de Los Hermanos Franciscanos sostienen que Felipe murió invocando el nombre de Jesús. La tradición cuenta que las argollas con las que fue sujeto comenzaron a asfixiarlo y que finalmente fue atravesado por lanzas, una de las cuales le alcanzó el corazón.

Las autoridades japonesas intentaron convertir aquella ejecución en advertencia.

Pero el efecto terminó siendo el contrario, pues la historia cruzó océanos, llegó a Manila, después a Acapulco y finalmente a la Ciudad de México.

El joven que había partido como fraile desconocido regresó convertido en símbolo de fe para la Nueva España.

Del galeón naufragado al primer santo nacido en México

La fama de Felipe de Jesús creció durante siglos.

Fue beatificado junto con sus compañeros mártires en 1627 por el papa Urbano VIII. Más de dos siglos después, los 26 Mártires de Japón fueron canonizados por el papa Pío IX, incluyendo a Felipe de Jesús, quien se convirtió en el primer santo nacido en México.

La Enciclopedia Católica registra la canonización el 8 de junio de 1862.

Hoy, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, el Templo de San Felipe de Jesús recuerda a muchos visitantes que detrás de ese nombre existe una historia que atravesó tres continentes: México, Filipinas y Japón.

Al entrar al recinto, el ruido de la calle Madero desaparece.

Y por un instante resulta inevitable imaginar a aquel joven mexicano contemplando el océano desde la cubierta del San Felipe, sin saber que navegaba hacia un destino completamente distinto al que había planeado.

Creía regresar a casa para convertirse en sacerdote.

Nunca imaginó que la tormenta que desvió el rumbo del galeón también cambiaría el destino de su vida.

Lo que comenzó como un viaje de regreso a la Nueva España terminó en una colina de Nagasaki, a miles de kilómetros de distancia.

Allí concluyó la travesía de Felipe de Jesús, pero nació una historia que cruzó océanos y siglos hasta convertirlo en el primer santo nacido en México.

El templo se encuentra en la calle Madero 11, a pocos pasos de la Torre Latinoamericana y del Palacio de Bellas Artes, dentro del Centro Histórico de la Ciudad de México.

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