Playas de arena que parecen talco, palacios frente al bellísimo mar Cantábrico, arte mexicano (sí, arte muuuuy mexicano), pescado recién llegado del mar y una ciudad que parece haber construido su forma de vivir alrededor del mar.
Llegué a Santander sin saber qué esperar y terminé enamorándome de la manera en que los españoles eligen esta costa para pasar TODO el verano.
Antes de recibir la invitación para recorrer Cantabria, sabía que el lugar existía, pero nada más. No era un destino europeos que llevara años guardando en mi bucket list y tampoco había hecho demasiado research sobre él. En mi cabeza imagine un viaje mucho más histórico, quizá de recorrer edificios antiguos, caminar mucho, escuchar historias y visitar monumentos. Me emocionaba estar en Europa, pero no sabía realmente qué me esperaba, ni qué me iba a encontrar.
Nuestra puerta de entrada fue Santander, la capital de esta comunidad autónoma del norte de España, una ciudad situada JUSTO frente al mar Cantábrico.
Después de 10 horas de vuelo para llegar a Madrid tomamos un vuelo hacia Santander. El trayecto se sintió brevísimo y desde el avión apareció la primera comparación que me acompañaría durante buena parte del viaje: por alguna razón, aquello me recordó a ir a Acapulco.
El avión era pequeño, muchos pasajeros viajaban con apenas un equipaje de mano y con sólo ver la ropa, las maletas y el ambiente me empezaron a transmitir esa sensación de escapada a la costa. Era como observar a personas que simplemente se iban unos días a pasar el fin de semana cerca del mar.
Y pensé: siento como si me estuviera yendo a Acapulco.
Evidentemente Santander y Acapulco son ciudades completamente distintas, con historias, geografías y escalas diferentes. Pero durante los siguientes días encontré pequeños paralelismos que hicieron que aquella primera impresión cobrara sentido: la tradición de veranear junto al mar, familias que regresan durante generaciones, grupitos de amigos paseando por todos lados, un puerto del que sus habitantes hablan con enorme orgullo y una vida cotidiana íntimamente ligada a la tranquila vida costera.
Una ciudad que aprendió a veranear frente al mar
Nos hospedamos en el Hotel Santemar, muy cerca de El Sardinero, y una de las primeras cosas que hice fue asomarme a ver el mar.
Ahí empecé a entender Santander.
El Sardinero no solamente es una playa. La relación de esta zona con el verano tiene más de un siglo de historia. Desde mediados del siglo XIX, la Primera Playa de El Sardinero comenzó a ganar fama por los llamados “Baños de Ola”, a los que acudieron posteriormente miembros de la monarquía, la nobleza y la burguesía española. Hoy sigue siendo uno de los grandes símbolos de la ciudad, y el mar continúa siendo protagonista.
Durante el día el cielo era intensamente azul, casi siempre despejado. Bajo el sol, la playa adquiría tonos entre dorados y cafés que contrastaban con el azul del Cantábrico. A lo lejos podían verse pequeños veleros recorriendo el agua; más cerca, se escuchaban las gaviotas, el viento y el movimiento constante del mar.
El sol pegaba fuertísimo, pero el viento frío que llegaba del Cantábrico te daba directamente en la cara y hacía que el calor se sintiera delicioso. Ese contraste se repetía también al entrar a la playa. La arena estaba helada bajo los pies y el agua era fría, pero no de esa forma que te obliga a salir inmediatamente: con el calor del día, se sentía justo en su punto.
Y ahí encontré otra diferencia con las playas mexicanas que conozco bien. En Acapulco muchas veces entras al mar buscando escapar del calor y encuentras agua tibia. Aquí ocurría lo contrario: el Cantábrico te recibía frío y era precisamente eso lo que se agradecía bajo un sol tan intenso.
Hay escuelas de surf, personas caminando, corriendo o simplemente deteniéndose unos minutos frente al mar. De hecho, la Segunda Playa de El Sardinero ocupa un lugar particular en la historia española del deporte: Turismo de Santander señala que fue allí donde Jesús Fiochi surfeó en 1963, un episodio considerado un hito en la llegada del surf a España.
Pero lo que más me llamó la atención durante el viaje fue descubrir que para muchos santanderinos ir al mar forma parte de la rutina.
Cada mañana nuestros guías nos preguntaban:
—¿Ya se bañaron?
Y yo pensaba: pues claro que me bañé, me baño todos los días.
Hasta que entendí que en España “bañarse” significa meterse al mar.
Ese pequeño choque lingüístico terminó explicándome algo mucho más grande sobre la ciudad: aquí el Cantábrico no se siente únicamente como una atracción turística, si no que forma parte de la vida cotidiana de los españoletes.
El palacio desde donde la monarquía española miraba al Cantábrico

Nuestro recorrido formal por Santander comenzó en uno de sus lugares más emblemáticos: el Palacio de la Magdalena.
Construido entre 1908 y 1912, el Ayuntamiento de Santander impulsó el proyecto para regalar a Alfonso XIII y Victoria Eugenia una residencia de verano. La familia real pasó aquí sus veranos entre 1913 y 1930, ayudando a consolidar todavía más a Santander como destino estival.
Actualmente el palacio pertenece al Ayuntamiento y conserva una zona museística que recrea aquella etapa como residencia real.
La ubicación explica buena parte de su encanto. El edificio se levanta en lo alto de la Península de la Magdalena y desde distintos puntos se abre una panorámica extraordinaria hacia Santander y el Cantábrico. Torres, miradores, balcones, mobiliario de época, obras de arte y espacios que permiten imaginar cómo eran aquellos veranos reales a principios del siglo XX.

Pero, más que cualquier objeto del interior, lo que recuerdo es lo que sentí al salir.
El sol era fuertísimo y, al mismo tiempo, el viento frío me golpeaba la cara. Era una combinación extraña y deliciosa: sentir el calor del sol sobre la piel mientras el aire del Cantábrico te refrescaba constantemente.
Y frente a mí, mar por todas partes. El cielo intensamente azul, prácticamente sin nubes; el Cantábrico extendiéndose hasta el horizonte; las gaviotas pasando sobre nosotros y, a lo lejos, los veleros avanzando lentamente sobre el agua.
No era un paisaje silencioso, pero tampoco ruidoso. Se escuchaban principalmente el viento, las aves y el mar.
Ahí volvió a aparecer la sensación que había tenido desde el avión: en Santander la costa parece tener una importancia casi emocional.
Mataleñas: una playa escondida entre acantilados

Otro de los paisajes que se me quedó grabado fue una pequeña playa vista desde lo alto, encajada entre enormes acantilados.
Mataleñas.
Nosotros no bajamos, pero desde arriba la vista era espectacular. Mataleñas es una cala natural de apenas 125 metros de longitud, rodeada de altos acantilados y con arena fina y dorada. Para llegar hasta ella hay que salvar un desnivel de más de 150 escalones.
Así que sí: pasar el día abajo debe ser delicioso.
El problema llega cuando recuerdas que después de bañarte, nadar y pasar horas al sol… tienes que volver a subir más de 150 escalones.
Las playas fueron, en general, una de mis mayores sorpresas de Santander.
La arena era tan fina que parecía talco, pero al pisarla estaba fría. Dependiendo de cómo caía la luz, la playa adquiría un color difícil de definir, entre dorado y café, que contrastaba con el azul intensísimo del cielo y del Cantábrico.
En la orilla aparecían conchas preciosas y el sonido que dominaba no era el de una ciudad, sino el del viento, las gaviotas y el mar.
Había momentos en los que me costaba reconciliar aquella imagen de playa con la idea previa que yo tenía del norte de España.
Centro Botín: un edificio que decidió no quitarle el mar a la ciudad

Después llegamos al Centro Botín, uno de los lugares que mejor representa algo que percibí constantemente en Santander: el orgullo que existe por la ciudad y, especialmente, por su relación con la bahía.
El edificio fue diseñado por el arquitecto Renzo Piano, ganador del Premio Pritzker, y su relación con el paisaje no es accidental.
El Centro Botín está elevado sobre pilares, aproximadamente a la altura de las copas de los árboles de los Jardines de Pereda. La decisión permite que la luz pase por debajo del edificio y, sobre todo, que quienes caminan por la zona puedan seguir viendo la bahía.
El propio centro explica que la intención arquitectónica fue conectar la ciudad y los jardines con el mar, en lugar de levantar una barrera frente a él.
Este detalle me fascinó, porque podrías construir un gran centro cultural frente al mar y apropiarte de la vista y lo que hicieron aquí fue prácticamente lo contrario: levantaron el edificio para que la gente pudiera seguir disfrutándola.
Recorrimos sus espacios y exposiciones, pero incluso los detalles inesperados llaman la atención. Uno de ellos fue el ascensor, intervenido como parte de un proyecto sonoro del artista británico Martin Creed.
Cuando entras, el elevador comienza a moverse y una voz cambia con el recorrido: una voz cantando opera se transforma de agudos a graves conforme subes o bajas y de pronto algo tan cotidiano como desplazarte entre pisos se convierte también en parte de la experiencia artística. Y cuando vuelves a mirar hacia afuera, ahí sigue el Cantábrico.

Comer en el Cantábrico
Si algo terminó de conquistarme en Santander fue la comida, pues yo siendo pecetariana: una variedad de pescados y mariscos forman naturalmente parte de una ciudad vinculada al mar y durante esos días probamos de todo! Desde merluza, ventresca, ensaladilla rusa con atún, tapas y hasta pastel de cabracho, una preparación muy vinculada a la gastronomía del norte español.
La merluza fue uno de mis grandes descubrimientos del viaje: suave, delicada, fresca.
No necesitaba una preparación complicada para ser memorable. Era precisamente esa sencillez la que dejaba que el pescado fuera el verdadero protagonista.
Después estaba la ensaladilla: cremosa, con atún; las tapas que iban apareciendo sobre la mesa; la cerveza fría después de caminar durante horas…
Comer aquí también terminaba recordándome constantemente dónde estaba: frente al mar.
Y para entender de dónde viene esa sensación de frescura hay un lugar que vale la pena recorrer: el Mercado de la Esperanza.
Abierto desde 1904, es uno de los grandes mercados de alimentación de Cantabria. En su planta baja se concentran los puestos de pescado, mientras que arriba se encuentran carnes, frutas y verduras.
El producto era tan fresco que durante mi visita ¡vi cómo un cangrejo se escapaba y tenían que perseguirlo entre los puestos!
Pocas imágenes explican mejor un mercado de mariscos.

Una gilda y una historia de cine
En otro momento pedí una gilda y mientras me atendían, el hombre detrás de la barra comenzó a platicarme.
—¿Sabes por qué se llama gilda?
No tenía idea.
Entonces me contó una historia que conecta uno de los pintxos más conocidos del norte de España con el cine.
La gilda tradicional combina aceituna, anchoa y una piparra o guindilla. Su nombre nació en San Sebastián y hace referencia a Gilda, la película de 1946 protagonizada por Rita Hayworth. La explicación popular juega con sus características: verde, salada y un poco picante, como se describía al personaje de Hayworth.
Más allá de la anécdota, lo que recuerdo es la conversación, me ocurrió varias veces en Santander. La gente no sólo te atiende: te habla, te explica y te cuenta historias, como si fueamos viejos amigos.
Encontré un servicio extraordinariamente amable y una facilidad para entablar conversación que hizo que la ciudad se sintiera todavía más cercana.
De México a Santander: Frida y Leonora frente a la bahía
Una de las mayores sorpresas llegó prácticamente al final de nuestro recorrido por Santander.
Tuvimos oportunidad de conocer el Faro Santander, el nuevo centro de arte de Fundación Banco Santander instalado en el histórico Edificio Pereda, que abrió al público el 8 de septiembre de 2026, después de ser inaugurado oficialmente por el rey Felipe VI.
Y para un viajero mexicano hay una razón especialmente poderosa para visitarlo.
Una de sus exposiciones inaugurales es México Moderno en la Colección Gelman Santander, que reúne obra de algunas de las figuras fundamentales del arte mexicano del siglo XX: Frida Kahlo, Diego Rivera, María Izquierdo, Rufino Tamayo, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Gunther Gerzso y Francisco Toledo, además de fotografía mexicana.
La muestra permanece abierta hasta el 10 de enero de 2027. La Colección Gelman Santander reúne 160 piezas y cuenta, entre ellas, con 18 obras de Frida Kahlo.
Y no es el único vínculo inesperado con México.
Otra de las exposiciones inaugurales está dedicada a mi artista favorita: Leonora Carrington y, concretamente, a una etapa especialmente interesante de su historia: su paso por Santander en 1940. La exposición reúne obras relacionadas con aquel periodo de la artista que, años después, construiría en México buena parte de su vida y legado.
Viajar desde México hasta el norte de España y terminar encontrando a Frida, Rivera, Tamayo, Siqueiros y Carrington frente a la bahía de Santander fue algo absolutamente mágico.

Tapas, cerveza y un helado difícil de explicar
El día terminó en el Mercado del Este, un edificio construido en 1842 que hoy reúne pequeños comercios, restaurantes y lugares donde detenerse a comer pinchos.
Tapas, cerveza y sobremesa, probé la cerveza El Águila y durante nuestra estancia descubrí otro pequeño clásico santanderino: Regma.
La heladería nació en Santander en 1933. Su nombre es una combinación de Regina y Margarita, las dos hijas de su fundador, Marcelino Castanedo Miera, y décadas después continúa siendo una empresa familiar.
Sus helados son enormes y cremosos, de esos que uno puede justificar perfectamente después de llevar todo el día caminando.
Pero hubo un sabor que merece su propio párrafo.
Queso.
Un helado de queso no era precisamente algo que yo hubiera pensado pedir antes de llegar a Santander y, sin embargo, terminó siendo uno de esos sabores que todavía recuerdo después del viaje, y aún se me sigue antojando, por que además ni sé siquiera cómo describirlo correctamente.
Sabía inequívocamente a queso, pero era dulce. Era increíblemente cremoso, no era salado y, contra lo que uno podría imaginar con un sabor así, tampoco resultaba empalagoso, era una combinación perfecta entre salado y dulce. Queso convertido en postre sin dejar de saber a queso.
Nunca había probado algo parecido. Y quizá esa sea la mejor descripción, pero de todo Cantabria.

Cuando las nueve de la noche todavía parecen las siete
Pero quizá más que los restaurantes o los bares individuales, lo que me gustó fue observar cómo se transforma la ciudad cuando comienza a caer la tarde. Viajamos la última semana del verano y los días todavía eran larguísimos.
Eran las nueve de la noche y todavía había luz.
El aire seguía siendo agradable, no hacía falta correr por una chamarra y las terrazas estaban llenas. Había parejas, familias y, sobre todo, grupos de amigos de distintas edades sentados afuera tomando vino o cerveza, comiendo pinxos y conversando.
Me llamó particularmente la atención ver a personas perfectamente arregladas esperando tranquilamente el autobús.
Puede parecer una observación insignificante, pero viniendo de Ciudad de México me resultó fascinante observar cómo personas de perfiles y edades muy distintos utilizaban con naturalidad el transporte público para moverse por la ciudad.
Las propias playas urbanas de Santander están conectadas mediante transporte público frecuente, además de paseos y carriles bici.
También están los veleros, las embarcaciones de recreo y el puerto. Durante el día puedes verlos avanzando sobre el mar y, desde tierra, los mástiles y pequeños barcos aparecen constantemente en el paisaje.

Una vez más, el agua no funciona como telón de fondo.
Forma parte de la vida.
Y cuando llega la noche aparece otra costumbre española: salir de marcha.
No necesariamente significa instalarse toda la noche en el mismo lugar. Puedes tomar algo en un sitio, caminar, encontrarte con alguien, cambiar de bar y continuar.
Desde afuera, Santander me pareció una ciudad profundamente social.
Veía grupos de amigos de mi edad, personas mayores, parejas y familias con sus perritos ocupando las terrazas hasta tarde. Gente tomando una cerveza o una copa de vino, platicando durante horas y disfrutando de una noche que parecía no tener demasiada prisa por terminar.
Y ahí apareció otra de mis sensaciones favoritas de Santander. Poder estar a las diez, once o doce de la noche sentada afuera, con una cerveza frente a mí, escuchando el viento, las gaviotas y el mar a pocos metros, rodeada de gente conversando tranquilamente y sabiendo que después podía regresar caminando al hotel.
Durante mi estancia nunca sentí miedo caminando por Santander, al contrario sentí paz, y eso para mi es un lujo. No necesariamente el hotel de cinco estrellas o el restaurante carísimo.
Lujo puede ser tener el mar a unos metros, poder caminar por la noche sin preocuparte por nada, encontrarte con tus amigos, tomar una cerveza en una terraza, escuchar el Cantábrico y después regresar tranquilamente a casa.
Entonces entendí Santander
Llegué esperando encontrar una ciudad europea bonita, pero en vez encontré una ciudad en la que el mar parece organizar la vida.
Está en sus playas y en sus acantilados, por supuesto, pero también en la arquitectura que procura no bloquearlo; en el palacio que convirtió la ciudad en refugio veraniego de la monarquía; en los mercados llenos de pescado y productos del mar; en los surfistas de El Sardinero; en los veleros del puerto; en las personas que salen a correr junto a la bahía y en quienes comienzan el día “bañándose” en el Cantábrico. ¡Ah, que rica vida!
Está incluso en las sensaciones que me llevé del viaje: el sol fuertísimo sobre la piel y el viento frío pegándome en la cara; la arena helada y fina como talco; el agua fría que se sentía exactamente como debía sentirse; el cielo azul sin nubes; las gaviotas, los veleros y el sonido constante del mar.
Y encontré, sobre todo, una ciudad que se siente orgullosa de sí misma.
Durante el viaje escuché constantemente expresiones como “aquí los santanderinos hacemos…”. Los santanderinos hacemos esto, comemos aquello, no nos gusta tal cosa, vamos aquí, nos bañamos allá.
También tuve la impresión de encontrar un turismo fundamentalmente español: familias, parejas y grupos que llegan desde otras partes del país para pasar parte del verano en la costa. Y entonces entendí por qué, como mexicana, Santander había comenzado a recordarme a aquellos destinos de playa a los que distintas generaciones regresan verano tras verano. Quizá por eso pensé tanto en Acapulco.
No porque Santander se parezca físicamente a Acapulco, no, no se parecen. Sin embargo reconocí algo familiar: la relación sentimental que una sociedad puede construir con un lugar frente al mar, la manera de hacer nuestra una costa.
Llegué a Cantabria sin saber realmente qué iba a encontrar y me fui entendiendo perfectamente por qué alguien querría volver cada verano.





