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Por: Circe Vargón

La ciudad de Puebla es mundialmente famosa por su arquitectura colonial, gastronomía y la imponente silueta del Popocatépetl e Iztaccíhuatl custodiando el horizonte.

No obstante, lejos de las grandes postales turísticas, en la comunidad de La Libertad, perteneciente al municipio de Puebla, sobrevive una de las curiosidades geológicas más singulares del país.

Se trata del Cuexcomate, un géiser inactivo que durante décadas fue conocido como “el volcán más pequeño del mundo”.

Con apenas 13 metros de altura, 23 metros de diámetro exterior y un cráter de aproximadamente 8 metros de ancho, este pequeño cono de calcita emerge en pleno entorno urbano como un recordatorio de que la historia de Puebla también se escribió bajo tierra.

Su nombre proviene del náhuatl cuexcomatl, término utilizado para designar una troje o depósito de granos, una referencia que coincide con la forma redondeada de la estructura.

Hoy es uno de los atractivos más peculiares de la ciudad, pero durante siglos fue considerado una puerta hacia el inframundo, un lugar temido por generaciones de poblanos y envuelto en leyendas sobre almas errantes, vapores misteriosos y voces provenientes de las profundidades.

Foto: Wikimedia Commons
Cuexcomatl, término utilizado para designar una troje o depósito de granos/Foto: Wikimedia Commons

El portal prohibido que la teología colonial bautizó con temor

Mucho antes de que existieran explicaciones geológicas sobre su origen, los habitantes de Puebla intentaban comprender aquel extraño montículo que parecía respirar desde las profundidades de la tierra.

Para las comunidades de épocas pasadas, un agujero profundo que ocasionalmente liberaba vapores, olores sulfurosos y sonidos provenientes de su interior difícilmente podía interpretarse como un fenómeno natural.

La imaginación hizo el resto.

Durante el periodo virreinal comenzaron a circular relatos que identificaban al Cuexcomate como una entrada al territorio de los muertos.

Algunas versiones de la tradición popular lo bautizaron como “el ombligo del diablo”, una expresión que reflejaba el temor que despertaba entre los habitantes de la región.

Algunos vecinos aseguraban que los sonidos se intensificaban durante las noches de tormenta.

El viento descendía por las paredes del cono y producía un eco extraño que muchos interpretaban como susurros o plegarias. En una época donde la ciencia todavía no podía explicar el origen de aquel montículo que parecía respirar, las historias crecieron con rapidez.

Los niños eran advertidos de no acercarse al borde del cráter después del atardecer. La tradición popular afirmaba que el géiser atraía a quienes se dejaban seducir por las voces que ascendían desde su interior. Bastaba mirar demasiado tiempo hacia el fondo para sentir que algo observaba de regreso desde la oscuridad.

Otros relatos decían que quienes se acercaban demasiado corrían el riesgo de escuchar voces que provenían de las profundidades.

Lo más persistente sostiene que durante la época colonial el lugar llegó a asociarse con personas marginadas por la sociedad y excluidas de los rituales funerarios tradicionales. Afirman que ahí eran arrojados los cuerpos de quienes se quitaban la vida, pues se consideraba que no podían recibir sepultura en camposanto.

Además, por su estructura se decía que esta formación se encuentra conectado mediante túneles con antiguos sistemas subterráneos de Puebla e incluso con Cholula.

Hasta ahora no existe evidencia científica que confirme estas versiones, pero la historia continúa formando parte del folclor local y alimenta el misterio que rodea al lugar.

El miedo fue tan poderoso que durante mucho tiempo el Cuexcomate dejó de verse como una curiosidad natural para convertirse en un espacio evitado por buena parte de la población.

Durante décadas, la formación pasó de ser un sitio temido a convertirse en un lugar olvidado.

La expansión urbana lo fue rodeando poco a poco. Las antiguas historias dejaron de transmitirse con la misma intensidad y el cráter terminó acumulando residuos y basura.

El lugar que durante generaciones había sido visto como una puerta al inframundo acabó enfrentando un enemigo mucho más terrenal: El abandono.

Lo que en el imaginario popular había sido señalado como una entrada al inframundo acabó convertido, de manera irónica, en un basurero a cielo abierto.

Hubo un tiempo que esta formación se convirtió en basurero/ Foto: Wikimedia Commons

Del abandono a la recuperación de un símbolo poblano

La historia de este monumento natural pudo haber terminado entre desperdicios y olvido. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.

Fue hasta el año 2013, cuando las autoridades locales comenzaron las obras de restauración para convertirlo en un punto turístico, después de décadas de abandono y acumulación de residuos.

Las labores de limpieza permitieron retirar toneladas de residuos acumulados durante décadas y recuperar una formación geológica que permanecía prácticamente oculta bajo el abandono.

Lo que antes inspiraba miedo comenzó a despertar curiosidad. La recuperación del sitio permitió además que investigadores y visitantes observaran con mayor claridad las características geológicas que habían dado origen a tantas historias.

Actualmente, el Cuexcomate cuenta con acceso turístico, escaleras para descender al interior y una administración local vinculada a la junta auxiliar de La Libertad.

En diciembre de 2025, el Ayuntamiento de Puebla aprobó que dicha junta auxiliar asumiera el resguardo, mantenimiento y operación del parque hasta 2027, con recursos destinados a conservación del sitio.

El descenso al corazón del géiser inactivo

La mejor manera de comprender por qué tantas leyendas nacieron aquí es descender hasta el interior del cráter.

Actualmente los visitantes pueden ingresar por una escalera metálica que conduce varios metros hacia el interior de la estructura.  

El descenso dura apenas unos minutos, pero genera la sensación de abandonar la ciudad.

Arriba permanecen el tráfico, los comercios y el ritmo cotidiano de Puebla. Abajo dominan la humedad, la roca y el sonido constante del agua filtrándose entre las paredes.

Es en ese momento cuando muchas de las tradiciones orales cobran sentido. No porque el visitante encuentre pruebas de túneles secretos o puertas al inframundo, sino porque el entorno invita naturalmente a imaginar que bajo la ciudad existe un mundo oculto.

Foto: Wikimedia Commons
Es posible descender por unas escaleras para ver que hay dentro de este géiser/ Foto: Wikimedia Commons

Un recordatorio del poder de la tierra mexicana

Entre vapores imaginados, lamentos legendarios y antiguos rumores sobre puertas al inframundo, el Cuexcomate continúa demostrando que algunas maravillas naturales de México no necesitan ser gigantescas para despertar asombro.

Su tamaño puede parecer modesto frente al Popocatépetl, pero su historia concentra casi mil años de actividad geológica, miedo popular, abandono urbano y recuperación comunitaria.

El sitio no impresiona por su altura, sino por la manera en que condensa en unos cuantos metros de piedra la relación entre ciencia, superstición y memoria barrial.

Quizá esa sea la verdadera magia de este símbolo poblano.

La ciencia explica su origen, los estudios geológicos describen su formación y la historia documenta su transformación de basurero a atractivo turístico.

Foto: Wikimedia Commons
Su tamaño puede parecer modesto frente al Popocatépetl/Foto: Wikimedia Commons

Entre mitos locales de almas errantes, rumores sobre túneles secretos y ecos que parecen surgir desde las profundidades, el antiguo “ombligo del diablo” continúa recordándonos que algunos de los mayores misterios de México no necesitan alcanzar grandes dimensiones para despertar nuestra imaginación.

Y pocas maravillas lo consiguen tan bien como este pequeño guardián de piedra que lleva casi mil años observando, en silencio, la historia de Puebla.

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