Por: Circe Vargón
Descubre la historia de Xóchitl y Huitzilin, el origen mítico del cempasúchil en la tradición náhuatl y por qué esta flor dorada continúa iluminando el camino de las almas durante el Día de Muertos.
Cada otoño, cuando las lluvias comienzan a retirarse y los días se vuelven más cortos, una flor transforma el paisaje de México.
Los mercados se llenan de manojos amarillos y anaranjados; en Xochimilco, Puebla, Tlaxcala, Hidalgo, Michoacán y otras regiones productoras, los campos parecen encenderse bajo la luz del atardecer, como si miles de pequeños soles hubieran brotado entre los surcos.
Es el cempasúchil, una flor imposible de confundir por su color intenso, sus numerosos pétalos y un aroma capaz de permanecer en las manos después de tocarla.
Durante los últimos días de octubre, sus ramos llegan a hogares, plazas, panteones y ofrendas. Sus pétalos cubren caminos, adornan altares y acompañan una de las tradiciones más importantes de México: el Día de Muertos.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) señala que esta flor se encuentra asociada desde tiempos prehispánicos con el Sol, la renovación de la vida y el acompañamiento simbólico de los difuntos.
Su presencia fue registrada además en fuentes históricas como el Códice Florentino y otros documentos novohispanos, donde ya aparecía vinculada con ceremonias y prácticas rituales.
La creencia popular sostiene que su color luminoso y su aroma ayudan a las almas a encontrar el camino de regreso durante las celebraciones de muertos. Por eso, cada año millones de pétalos dibujan senderos que conectan el mundo de los vivos con la memoria de quienes ya partieron.
Pero detrás de esta flor también sobrevive una historia que ha sido contada durante generaciones.
Es la leyenda de Xóchitl y Huitzilin, dos jóvenes enamorados que prometieron permanecer juntos para siempre, de una tragedia provocada por la guerra y de un dios solar que transformó el dolor en una flor dorada.
Desde entonces, dice la tradición, cada vez que un colibrí se posa sobre un cempasúchil, el amor vuelve a encontrarse con la memoria.

En México Travel Channel nos enorgullece compartir las tradiciones que dan vida al Día de Muertos. Hoy descubrimos la historia que convirtió una tragedia de amor en una de las flores más emblemáticas de México.
Xóchitl y Huitzilin: La leyenda del amor que floreció bajo el Sol
Una de las leyendas populares más conocidas en la divulgación cultural contemporánea sobre el cempasúchil es la historia de Xóchitl y Huitzilin.
Mucho antes de que los pétalos de cempasúchil cubrieran los altares del Día de Muertos, la tradición cuenta que existieron dos jóvenes unidos por una promesa. Se llamaban Xóchitl y Huitzilin.
Desde niños compartían una profunda amistad que, con el paso del tiempo, se convirtió en amor.
Los jóvenes acostumbraban a subir hasta una colina donde el Sol parecía brillar con mayor intensidad. Allí depositaban flores y pedían a Tonatiuh, la deidad solar, que protegiera su unión.
La Dirección General del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, perteneciente al Gobierno de México, reproduce esta leyenda y señala que Tonatiuh, al observar el cariño de la pareja, otorgó su bendición.
Durante algún tiempo, los enamorados creyeron que nada podría separarlos. Sin embargo, la guerra terminó por interrumpir sus encuentros.
Huitzilin fue llamado a combatir para defender a su pueblo y partió con la promesa de regresar. Xóchitl esperó noticias durante días que se volvieron semanas.
Finalmente recibió el mensaje que más temía: Huitzilin había muerto en el campo de batalla. La victoria o la derrota dejaron de tener importancia; para ella, el mundo había perdido el sentido que ambos construyeron sobre aquella montaña.
Desesperada, Xóchitl emprendió nuevamente el camino hasta la colina. Llevó flores como en los días felices, elevó la mirada hacia el Sol y pidió a Tonatiuh que no permitiera que la muerte destruyera el amor que había bendecido.
La leyenda afirma que el dios escuchó su plegaria.

El día en que Tonatiuh convirtió a Xóchitl en cempasúchil
Conmovido por el dolor de la joven, Tonatiuh envió un rayo de luz que descendió sobre la montaña. El resplandor envolvió a Xóchitl y, cuando finalmente se apagó, su cuerpo había desaparecido. En el punto donde estaba arrodillada quedó un pequeño botón floral de color amarillo intenso.
La flor permaneció cerrada, inclinada hacia la tierra, como si también esperara el regreso de alguien.
Pasó el tiempo hasta que un colibrí descendió del cielo, atraído por el aroma del botón. El ave revoloteó sobre la planta y finalmente se posó en ella. En ese instante, la flor reconoció al visitante y abrió sus pétalos por primera vez, liberando un color semejante al fuego del Sol.
El Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera presenta al colibrí como el espíritu reencarnado de Huitzilin y explica que, al tocar la flor, provoca que sus pétalos se abran. De esa unión habría nacido el cempasúchil, símbolo de un amor capaz de sobrevivir a la muerte.
Desde entonces, asegura la tradición, mientras exista un cempasúchil floreciendo y un colibrí capaz de encontrarlo, el amor de Xóchitl y Huitzilin seguirá regresando al mundo.
¿Conoces la historia de la Flor de Cempasúchil?. Cuenta la leyenda que surgió de la historia de amor de dos jóvenes aztecas: Xóchitl y Huitzilin. pic.twitter.com/4DRPWKAm8K
— Quadrante Plástico (@QuadratePlastic) October 23, 2020
¿Qué significa cempasúchil? La flor asociada con el Sol
El origen del nombre también ayuda a comprender la importancia simbólica de la flor. El Gran Diccionario Náhuatl de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) registra la palabra cempohualxochitl como “veinte flores”, término que aparece además en fuentes coloniales como los escritos de Diego Durán y el Códice Florentino.
Este término no debe entenderse necesariamente como un conteo exacto de veinte pétalos, sino como una imagen de multiplicidad y abundancia.
El INAH señala que desde tiempos prehispánicos la flor fue asociada con el Sol y con la renovación de la vida.
Su color amarillo o anaranjado permitía vincularla simbólicamente con la luz y con la continuidad de los ciclos naturales, mientras su aroma intenso la convertía en un elemento reconocible dentro de los espacios ceremoniales.
Sin embargo, el Día de Muertos que conocemos actualmente no es una celebración prehispánica conservada sin cambios.
El INAH la define como una manifestación sincrética surgida durante la época novohispana, donde las conmemoraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos se encontraron con antiguas prácticas mesoamericanas vinculadas con los muertos, el ciclo agrícola y las cosechas de otoño.
De la tradición mesoamericana permanecieron ideas como el retorno temporal de las ánimas y elementos como el maíz, el copal y el cempasúchil.
Del calendario católico llegaron las fechas de principios de noviembre, la cruz, las imágenes religiosas, las veladoras y la distinción entre la conmemoración de los niños y la de los adultos.
La flor que hoy vemos sobre los altares, por tanto, conserva raíces antiguas, pero participa en una tradición que se transformó durante siglos.

¿Sabías que…?
El cempasúchil pertenece a la especie Tagetes erecta y, además de su uso ceremonial, ha sido empleado tradicionalmente como planta ornamental, medicinal y colorante natural en distintas regiones de México.
¿Por qué el cempasúchil guía a las almas en el Día de Muertos?
Durante las celebraciones de finales de octubre y principios de noviembre, las familias utilizan el cempasúchil para decorar altares, tumbas, patios y caminos.
Los ramos pueden colocarse en floreros o formar arcos, mientras los pétalos se distribuyen desde la entrada de la casa hasta la ofrenda.
La creencia sostiene que el color luminoso señala la ruta y que el aroma ayuda a las almas a reconocer el camino de regreso.
El cempasúchil no actúa solo. Forma parte de un conjunto que puede incluir copal, velas, fotografías, alimentos, bebidas, pan, agua, frutas, papel picado y objetos relacionados con la persona fallecida. Cada elemento cumple una función dentro de la recepción temporal de las ánimas.
El INAH explica que las celebraciones indígenas dedicadas a los muertos se realizan al final del ciclo anual del maíz y que los pétalos, las velas y las ofrendas crean un recorrido entre la casa y el cementerio. El rito reafirma los vínculos familiares y comunitarios, además de expresar una concepción de la muerte basada en la continuidad y el retorno.
El camino de cempasúchil no es una decoración secundaria. Simboliza que alguien sigue siendo esperado.

México, tierra del cempasúchil
Además de su enorme valor simbólico, el cempasúchil es un cultivo de gran importancia para miles de familias mexicanas.
México es uno de los países donde el cultivo de cempasúchil posee mayor importancia cultural y económica debido a su estrecha relación con las celebraciones de Día de Muertos.
Diversas entidades como Puebla, Estado de México, Hidalgo, Michoacán y Ciudad de México destacan entre las zonas productoras más importantes
De acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente de la CDMX, el cultivo de cempasúchil genera empleos, impulsa economías regionales y mantiene viva una tradición agrícola que conecta el presente con las raíces prehispánicas del país.
Incluso investigadores y productores han desarrollado nuevas variedades más resistentes y productivas para satisfacer la creciente demanda nacional durante las festividades de noviembre.
Quizá por eso el cempasúchil sigue ocupando un lugar tan especial en la cultura mexicana. Es una flor cultivada por miles de familias, una presencia indispensable en los altares y un símbolo capaz de unir historia, agricultura, memoria y tradición, pero también es la historia de una joven que pidió al Sol vencer a la muerte.
Cada vez que un altar se ilumina con su color anaranjado, la vieja historia vuelve a contarse. Un amor que venció a la ausencia y un sol benevolente que dan contexto a una tradición que, generación tras generación, continúa iluminando el camino de quienes regresan a casa.
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