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Por: Circe Vargón

Hubo un tiempo en que abrir la llave y beber un vaso de agua era una práctica cotidiana en la Ciudad de México.

Durante buena parte del siglo XX, las obras hidráulicas fueron presentadas como símbolos de modernidad. Acueductos, pozos y redes de distribución llevaron agua entubada a un número creciente de viviendas. Más tarde, los sistemas Lerma y Cutzamala complementaron el caudal extraído del subsuelo.

Sin embargo, algo comenzó a cambiar. Entre terremotos, epidemias, infraestructura envejecida y cambios en los hábitos de consumo, la confianza en el agua del grifo se fue perdiendo hasta convertir a México en uno de los mayores consumidores de agua embotellada del planeta.

El resultado puede observarse en casi cualquier cocina capitalina: un garrafón colocado junto al refrigerador.

El dato revela la magnitud de la transformación. Una investigación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) calculó que 89% de los hogares de la CDMX no bebía directamente de la llave y que 95.4% del agua envasada consumida en las viviendas llegaba en garrafones de aproximadamente 20 litros.

El consumo capitalino estimado era de 391 litros por persona al año, más de un litro diario.

A escala nacional, una estimación para 2020 situó el consumo en 286 litros anuales por habitante, cerca de cinco veces el promedio mundial.

¿Cuándo y por qué los capitalinos dejaron de confiar en el agua del grifo?

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Durante décadas, beber agua directamente de la llave formó parte de la vida cotidiana capitalina. /Foto:Pexels

Cuando beber agua de la llave era parte de la vida capitalina

El suministro actual de la CDMX no depende solamente del Sistema Cutzamala.

Cerca de dos terceras partes del agua utilizada en la capital proceden de pozos que extraen el recurso del subsuelo de la cuenca. El Cutzamala aporta poco más de una cuarta parte; el resto llega del Lerma, manantiales y otras fuentes complementarias.

La expansión del servicio domiciliario normalizó durante décadas el consumo desde la llave. Algunas familias hervían el agua, utilizaban filtros sencillos o la dejaban reposar para reducir el sabor del cloro, pero comprarla diariamente todavía no era una práctica generalizada.

La confianza dependía de una idea básica: Si el agua llegaba mediante una red administrada por el gobierno y era clorada, debía ser adecuada para beber.

Esa certeza comenzó a fracturarse cuando también se rompieron las tuberías.

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Con el tiempo, las crisis urbanas y sanitarias modificaron esa confianza hasta convertir al garrafón en un objeto habitual dentro de los hogares./Foto:Pexels

El sismo de 1985: La primera gran ruptura de confianza

Por mucho tiempo el agua potable distribuida por la red pública era considerada apta para el consumo doméstico en amplias zonas de la ciudad. Para muchas familias, hervirla era una práctica ocasional y no una necesidad permanente.

La confianza en la red pública todavía formaba parte de la vida cotidiana

El punto de quiebre del consumidor ocurrió tras el devastador terremoto del 19 de septiembre de 1985.

El movimiento telúrico, además de derrumbar edificios, provocó una crisis urbana sin precedentes, pero también, fracturó gravemente las redes subterráneas de tuberías de agua potable y drenaje en múltiples zonas de la urbe, provocando filtraciones e infecciones cruzadas que obligaron a las autoridades sanitarias a recomendar hervir el agua o consumir productos embotellados.

En los días posteriores, el acceso al líquido se convirtió en una de las necesidades más urgentes de las zonas afectadas. La rehabilitación de los sistemas de agua y drenaje formó parte de los trabajos prioritarios de reconstrucción.

El impacto en la infraestructura hidráulica fue documentado por el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua, que reportó la ruptura de tuberías de las redes primarias y secundarias de agua potable tanto en la Ciudad de México como en otras ciudades cercanas al epicentro.

Este evento marcó un antes y un después en la percepción de seguridad del agua que llegaba a los hogares capitalinos.

Por primera vez en décadas, miles de ciudadanos comenzaron a dudar de la seguridad del agua que llegaba a sus hogares, a pesar de que las reparaciones avanzaron.

¿Qué ocurrió con el agua durante su recorrido bajo tierra?

El terremoto no creó por sí solo el mercado del agua embotellada. Sí mostró la vulnerabilidad de una red que podía dañarse sin que el deterioro fuera visible desde los hogares.

Ruta del 85 en CDMX: Súbete al Turibus que recorre 24 sitios de la memoria del sismo de 1985
El 19 de septiembre de 1985, México vivió una de sus mayores tragedias.

El cólera de 1991: Cuando el agua se convirtió en riesgo sanitario

Seis años después apareció una segunda crisis.

El 13 de junio de 1991, México detectó sus primeros casos de cólera en la comunidad de San Miguel Totolmaloya, en el Estado de México. El brote inicial afectó a 19 personas y no ocasionó defunciones, pero la enfermedad se propagó posteriormente a otras entidades.

Si el terremoto mostró la fragilidad de la infraestructura, la epidemia de cólera transformó definitivamente la percepción pública del agua potable.

El cólera se transmite mediante agua o alimentos contaminados con la bacteria Vibrio cholerae. La Secretaría de Salud explica que la combinación de sistemas municipales deficientes, aguas superficiales contaminadas y almacenamiento doméstico inseguro favoreció su expansión en América Latina durante la epidemia de los años noventa.

Si el terremoto sembró dudas, la epidemia de cólera de 1991 terminó de modificar los patrones de consumo.

Ese año se registraron 2 mil 690 personas enfermas y 34 defunciones, con una tasa de mortalidad del 0.04% por cada 100 mil habitantes. El pico de la epidemia llegó en 1995, con 16 mil 430 enfermos en 28 estados y 142 muertos.

Las autoridades intensificaron campañas de prevención que incluían recomendaciones como:

  • Hervir el agua.
  • Desinfectar alimentos.
  • Consumir agua purificada.
  • Extremar medidas de higiene.

Un hecho que consolidó definitivamente el consumo de agua embotellada en México. La asociación entre agua potable, contaminación y riesgo sanitario provocó que millones de personas comenzaran a buscar alternativas consideradas más seguras.

Lo que comenzó como una medida de emergencia sanitaria se transformó rápidamente en un hábito permanente.

Después de 1985, la pregunta ya no era únicamente si había agua en la llave, sino qué había ocurrido con ella durante su recorrido por kilómetros de tuberías bajo la ciudad.
Después de 1985, la pregunta ya no era únicamente si había agua en la llave, sino qué había ocurrido con ella durante su recorrido por kilómetros de tuberías bajo la ciudad./ Foto: Magnific

El garrafón pasó de solución temporal a costumbre permanente

A principios de los años noventa comenzaron a popularizarse los grandes garrafones de agua purificada que podían intercambiarse en tiendas y repartirse directamente a domicilio.

El garrafón ofrecía una solución aparentemente sencilla. Evitaba hervir agua todos los días, podía almacenarse y llegaba directamente a las viviendas por medio de repartidores o tiendas.

La presentación de aproximadamente 20 litros resultó especialmente atractiva porque su precio por litro era menor que el de las botellas individuales. En la CDMX llegó a concentrar más de 95% del consumo doméstico de agua envasada medido por una investigación de la UNAM.

Lo que inicialmente parecía una solución práctica durante una contingencia sanitaria se convirtió rápidamente en una costumbre permanente.

Las familias descubrieron ventajas aparentes:

  • No hervir agua diariamente.
  • Tener una fuente de agua “segura”.
  • Evitar preocupaciones relacionadas con el suministro.
  • Contar con servicio a domicilio.

Con el paso de los años, el garrafón dejó de ser una medida preventiva para convertirse en parte esencial de la vida doméstica mexicana.

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El garrafón terminó por conquistar las cocinas capitalinas/Foto:Pexels

¿Por qué nunca se recuperó la confianza?

La crisis no depende únicamente de la calidad del agua en la fuente.

Durante el trayecto intervienen redes primarias, tuberías secundarias, tomas domiciliarias, cisternas, bombas y tinacos. Aunque el agua cumpla con los parámetros al entrar en el sistema, puede modificarse si atraviesa infraestructura dañada o se almacena en depósitos sin mantenimiento.

La investigadora Flor Mireya López Guerrero, del Instituto de Geografía de la UNAM, estima que 40% del agua que abastece a la CDMX se pierde en fugas, debido a la falta de renovación, los hundimientos y las dislocaciones provocadas por sismos.

Las fugas no significan automáticamente que entre contaminación en todas las tuberías. Sí revelan una red frágil, desigual y difícil de supervisar, especialmente cuando el servicio es intermitente.

La calidad del agua para uso y consumo humano está regulada por la NOM-127-SSA1-2021, vigente desde abril de 2023. La norma fija límites para microorganismos, metales, compuestos químicos y otras características que deben vigilar las autoridades y organismos operadores.

Por ello, no puede afirmarse de forma general que toda el agua de la llave en la CDMX sea potable o que toda esté contaminada. La condición puede variar entre zonas, edificios y sistemas domésticos de almacenamiento.

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El garrafon se convirtió en la representación cotidiana de un cambio profundo: dejar de confiar en el agua que llegaba directamente de la red./Foto:Pexels

Sabor, olor y publicidad: La batalla por la percepción

La decisión de comprar agua no depende únicamente de análisis de laboratorio.

El olor a cloro, el color, la presencia de sedimentos y las experiencias previas con cortes o agua turbia influyen en la percepción de seguridad. Un estudio difundido por el Programa Universitario de Manejo, Uso y Reúso del Agua de la UNAM encontró que los usuarios relacionan la calidad principalmente con el sabor, el olor y el aspecto del líquido.

A ello se sumó la publicidad de las embotelladoras, que convirtió conceptos como pureza, salud y naturaleza en argumentos de venta.

El investigador Raúl Pacheco-Vega, del Centro de Investigación y Docencia Económicas, sostiene que el crecimiento del sector surgió de la convergencia entre desconfianza en el suministro, debilidad institucional, comodidad y capacidad mercadotécnica de las empresas.

La botella no vendía únicamente agua, también tranquilidad.

La historia del agua en la Ciudad de México también puede contarse a través de un objeto aparentemente cotidiano/ Foto:Pexels

El costo económico y ambiental de desconfiar

En 2011, los hogares capitalinos gastaban en conjunto más de 4 mil 683 millones de pesos al año en agua embotellada. Cerca de 72% correspondía a garrafones y el resto a botellas individuales.

Lo paradójico es que muchas familias comenzaron a pagar por un producto que anteriormente obtenían directamente de la red pública.

El consumo masivo también implica fabricar envases, transportar agua, utilizar combustible, lavar los garrafones retornables y gestionar residuos plásticos.

No existe base sólida para afirmar que cada botella requiere 150 litros de agua para fabricarse. La huella hídrica cambia según el material, el tamaño, la planta y la metodología utilizada. Lo comprobable es que el agua envasada incorpora procesos industriales y transporte que el consumo directo de una red segura podría reducir.

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La epidemia de cólera que llegó a México en 1991 reforzó las medidas de higiene y prevención relacionadas con el agua y contribuyó a transformar los hábitos de consumo de numerosas familias./ Foto: Magnific

Más que agua, una historia de confianza perdida

Hubo un tiempo en que abrir la llave y servirse un vaso de agua era un gesto cotidiano para millones de capitalinos. Hoy, en gran parte de la ciudad, ese mismo gesto suele comenzar levantando la tapa de un garrafón.

Entre una escena y otra transcurrieron terremotos, epidemias, cambios en la infraestructura y transformaciones en la percepción pública.

La historia del agua en la Ciudad de México muestra cómo una ciudad perdió la confianza en algo tan simple como beber un vaso de agua directamente de la llave.

El terremoto de 1985 dañó la infraestructura; la epidemia de cólera de 1991 transformó la percepción pública y el deterioro de la red hidráulica impidió recuperar plenamente la confianza ciudadana.

Por eso, cuando vemos un garrafón en una cocina mexicana, observamos el resultado de décadas de cambios urbanos, crisis sanitarias, decisiones de infraestructura y transformaciones culturales que modificaron para siempre la relación de los capitalinos con algo tan cotidiano como abrir la llave y servirse un vaso de agua.

¿En tu familia recuerdan cuándo se bebía agua directamente de la llave?

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