Por: Circe Vargón
Conoce las herramientas astronómicas y paisajísticas con las que los pueblos mesoamericanos reconocían momentos clave del año, organizaban sus calendarios agrícolas y anticipaban ciclos de siembra y cosecha.
Mucho antes del calendario gregoriano, los pueblos mesoamericanos seguían el movimiento del Sol, las estrellas y las lluvias para organizar ceremonias, cultivos y ciclos comunitarios.
Imagina despertar sin una fecha en el teléfono, un calendario colgado en la pared o una aplicación que anuncie: “hoy comienza el otoño”.
¿Cómo saber entonces que el año estaba cambiando?
Para los antiguos pueblos de Mesoamérica, parte de la respuesta aparecía cada mañana sobre el horizonte.
El Sol no sale exactamente por el mismo punto durante todo el año. Día tras día, su posición aparente se desplaza hasta alcanzar extremos durante los solsticios y luego emprende el recorrido contrario.
Si una montaña, un volcán o un templo permanecen inmóviles frente al observador, pueden convertirse en referencias para seguir ese desplazamiento.
Después de generaciones observando esas regularidades, distintas sociedades mesoamericanas integraron paisaje, arquitectura, astronomía y sistemas calendáricos.
Es decir, antes de la llegada de los calendarios europeos, los pueblos mesoamericanos desarrollaron un sistema de medición del tiempo extraordinariamente preciso basado en la observación sistemática del cosmos, la naturaleza y los ciclos biológicos.
En México Travel Channel levantamos la mirada para descubrir cómo las antiguas sociedades mexicanas aprendieron a leer el paso del año en la salida del Sol, el perfil de los volcanes y la luz que atravesaba sus edificios.
Xiuhpohualli y tonalpohualli: Los calendarios que organizaban el tiempo
Distintas sociedades mesoamericanas, entre ellas teotihuacanos, mayas, zapotecos, mixtecos y pueblos nahuas como los mexicas, desarrollaron sistemas propios para organizar el tiempo.
Aunque sus calendarios no eran idénticos, compartieron conocimientos astronómicos y formas de relacionar los ciclos calendáricos con ceremonias, agricultura y fenómenos naturales.
Entre los nahuas funcionaban paralelamente una cuenta solar de 365 días, denominada xiuhpolhualli, y el tonalpohualli, calendario ritual compuesto por 260 días.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) conserva el Tonalamatl de Aubin, un códice dedicado precisamente al tonalpohualli. Sus láminas combinan 20 signos de los días con series de 13 numerales y representan además las deidades patronas de las trecenas y otras entidades asociadas con el calendario ritual.
Ambas cuentas volvían a coincidir cada 52 años, formando el ciclo denominado xiuhmolpilli, “atadura de los años”. Entre los mexicas, su conclusión estaba relacionada con la ceremonia del Fuego Nuevo, celebrada en el Huizachtépetl, actual Cerro de la Estrella.
No necesitaban septiembre, octubre o noviembre para orientarse, tenían su propia forma de ordenar los días, los rituales y los años.
Calendarios de horizonte: Cuando una montaña indicaba el momento del año
Aquí comienza la parte más fascinante. Si permaneces durante meses en un mismo sitio observando el amanecer, descubrirás que el Sol no sale siempre exactamente por donde mismo.
Las sociedades mesoamericanas aprovecharon ese movimiento. Desde determinados edificios o plataformas podían observar cuándo el astro aparecía detrás de una montaña, atravesaba una puerta o se alineaba con otro elemento arquitectónico.
Así surgieron los llamados calendarios de horizonte, sistemas en los que cerros, volcanes y edificios funcionaban como puntos de referencia para identificar fechas importantes.
La investigadora Johanna Broda, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explica que estos calendarios integraban la observación solar con el paisaje y formaban parte de territorios transformados cultural, política y ritualmente.
Entre los marcadores podían encontrarse:
- Cumbres de montañas y volcanes.
- Entradas y ventanas.
- Escalinatas y alfardas.
- Ejes de plazas y templos.
- Plataformas de observación.
- Sombras proyectadas sobre edificios.
Un templo no era necesariamente un observatorio en el sentido moderno. Sin embargo, su orientación podía convertirlo en una referencia para reconocer posiciones solares y vincularlas con ceremonias, ciclos calendáricos o actividades agrícolas.

Teotihuacan: La ciudad orientada hacia fechas calendáricas
Uno de los ejemplos más sorprendentes aparece en Teotihuacan.
El INAH explica que la orientación de la ciudad señala amaneceres próximos al 12 de febrero y al 29 de octubre, situadas respectivamente 52 días después y 52 días antes del solsticio de invierno. Investigadores interpretan esa estructura como evidencia de conocimientos calendáricos asociados con el aparente movimiento solar y el ciclo agrícola.
La coincidencia no parece menor. Entre el 12 de febrero y el solsticio de invierno anterior transcurren 52 días; otros 52 separan aproximadamente al 29 de octubre del siguiente solsticio. El número 52 tendría posteriormente una enorme importancia en los sistemas calendáricos mesoamericanos.
Estudios arqueoastronómicos más recientes también han encontrado relaciones entre la Pirámide de la Luna, el paisaje circundante y posiciones solares vinculadas con los solsticios.
Especialistas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y la Universidad del Tepeyac identificaron alineamientos desde la pirámide hacia el volcán Xihuingo durante el amanecer del solsticio de verano y hacia el cerro Maninal durante el ocaso invernal.
La arquitectura estaba construida sobre la tierra; pero también dialogaba con el cielo.

Las montañas que se convirtieron en marcadores del tiempo
En el Altiplano Central de México, especialmente en la Cuenca de México y los valles circundantes, montañas como el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y el Monte Tláloc formaron parte de un paisaje cargado de significado religioso, agrícola y calendárico.
La investigación arqueoastronómica ha estudiado cómo montes, pirámides y sitios ceremoniales podían establecer relaciones visuales con la salida y puesta del Sol en determinados momentos del calendario.
La revista científica del INAH registra, por ejemplo, estudios sobre el Monte Tláloc y su relación con el calendario mexica, así como investigaciones donde las elevaciones alrededor de Cholula funcionan como puntos del horizonte asociados con ceremonias y ciclos agrícolas.
Esta relación resulta especialmente comprensible en sociedades cuya subsistencia dependía profundamente de la agricultura.
El INAH documenta que nueve de los 18 periodos del calendario agrícola mexica incluían ceremonias relacionadas con la provisión de lluvias, evidencia de la estrecha relación entre calendario, agricultura y religión.
Observar el cielo no era un ejercicio abstracto, formaba parte de la necesidad de entender el territorio.
Chichén Itzá: una serpiente formada por el Sol
En Chichén Itzá, la luz solar interactúa con la arquitectura de El Castillo durante los días cercanos a los equinoccios.
Las esquinas de los nueve cuerpos escalonados producen sobre la alfarda norte una sucesión de triángulos iluminados y oscuros. Desde la explanada, estos parecen formar el cuerpo descendente de Kukulcán, la Serpiente Emplumada.
El efecto es resultado de la geometría, la orientación del edificio y la posición del Sol. Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que la iluminación cambia durante varios meses y no aparece exclusivamente el día exacto del equinoccio.
Por eso, El Castillo debe entenderse como una construcción relacionada con el tiempo y la observación celeste, pero no simplemente como un “calendario de piedra” idéntico al occidental.

Dzibilchaltún: Cuando el amanecer atravesaba un templo
En Dzibilchaltún, cerca de Mérida, el Sol se alinea durante las fechas próximas a los equinoccios con las puertas oriental y occidental del Templo de las Siete Muñecas.
Desde el sacbé el disco solar aparece enmarcado por la puerta y su luz atraviesa el interior del edificio. El fenómeno demuestra cómo la orientación arquitectónica podía integrar el movimiento del cielo con el espacio ceremonial.
A diferencia de Chichén Itzá, aquí no aparece una serpiente de luz sobre una escalinata. En Dzibilchaltún, el efecto consiste en el paso visual del Sol a través del eje del templo.
Ambos ejemplos muestran relaciones entre arquitectura y cielo, pero no deben confundirse.

Las Pléyades: Las estrellas que anunciaban un nuevo ciclo
Las estrellas también ayudaban a reconocer grandes ciclos.
Uno de los conjuntos celestes más importantes fueron las Pléyades, un cúmulo formado por cientos de estrellas, aunque a simple vista normalmente se distinguen seis o siete.
Entre los nahuas recibieron el nombre de Tianquiztli, “mercado”, probablemente porque su agrupación recordaba a las personas reunidas en un tianguis.
Las Pléyades tuvieron especial importancia durante la ceremonia del Fuego Nuevo.
Al terminar el ciclo de 52 años, los sacerdotes observaban su tránsito por el cielo desde el Cerro de la Estrella. La continuidad de su movimiento era interpretada como señal de que el mundo no terminaría y de que podía comenzar otro ciclo.
Los mayas también observaban las Pléyades y las relacionaban con el dios de la lluvia y la fertilidad.

El cielo marcaba el tiempo y la naturaleza confirmaba sus ciclos
El conocimiento mesoamericano del tiempo no estaba separado de la naturaleza.
El calendario ritual y agrícola se relacionaba con lluvias, disponibilidad de agua y actividades productivas.
Las investigaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre cosmovisión y meteorología indígena muestran precisamente la compleja relación que existió entre fenómenos naturales, agricultura, ritualidad y organización social.
Por eso, hablar simplemente de un “otoño prehispánico” puede quedarse corto.
Para aquellas sociedades eran fundamentales los ciclos de lluvia y sequía, las etapas agrícolas y los momentos establecidos por sus propias cuentas calendáricas.
La llegada de determinado momento del año podía reconocerse mediante varias señales que funcionaban juntas.
El cielo proporcionaba referencias, el calendario las organizaba y el paisaje permitía comprobar sus consecuencias.

El tiempo estaba escrito en todo el paisaje
Los antiguos mexicanos no necesitaban que una fecha impresa anunciara el cambio de estación.
Podían observar que el Sol había llegado a una cumbre determinada, que una sombra volvía a aparecer sobre un templo o que las Pléyades ocupaban una posición reconocible. Después relacionaban esos acontecimientos con sus calendarios, ceremonias y ciclos ambientales.
No todos los templos fueron observatorios ni cada alineación fue intencional. No obstante, las investigaciones del INAH y la UNAM demuestran que numerosas sociedades mesoamericanas desarrollaron conocimientos complejos para integrar astronomía, arquitectura, geografía y organización social.
El tiempo no se encontraba únicamente en los códices. También estaba escrito en la salida del Sol, en el perfil de las montañas, en las lluvias y en la luz que atravesaba un edificio. Para quienes aprendían a observarlo, el paisaje entero podía convertirse en calendario.
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