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Nos encontramos en el Chiapas del siglo XVIII. El sol cae implacable sobre los caminos de tierra. Los viajeros avanzan lentamente entre montañas y selvas.

En las calles de Chiapa de indios, hoy Chiapa de Corzo, la vida transcurre entre el sonido de las campanas y el murmullo del río Grande de Chiapa, el actual Grijalva.

De pronto, la tranquilidad del pueblo se rompe.

Una caravana procedente de Guatemala aparece en el horizonte.

Al frente viaja una mujer elegante, acompañada de sirvientes y cargamentos. Su nombre era Doña María de Angulo, una acaudalada española que cargaba con un dolor imposible de ocultar: La enfermedad de su hijo.

La tradición cuenta -de acuerdo con publicaciones de El Heraldo Chiapas– que el pequeño sufría un padecimiento que le impedía caminar y que ningún médico había logrado curar.

Desesperada, María de Angulo escuchó hablar de los curanderos de Chiapa y emprendió el viaje hacia esta comunidad, entonces conocida como Chiapa de Corzo o Chiapa de la Real Corona.

Allí, un sabio indígena le recomendó algo inesperado.

Debía llevar al niño a las aguas termales de Cumbujuyú (lugar de jabalí), conocidas por sus propiedades curativas, y bañarlo durante nueve días consecutivos.

La madre aceptó y entonces ocurrió lo que parecía imposible.

Poco a poco el pequeño comenzó a recuperar la movilidad y, al concluir el tratamiento, volvió a caminar.

Para María de Angulo aquello fue un milagro.

Para el pueblo, una bendición. Y para Chiapa de Corzo, el comienzo de una tradición que acabaría convirtiéndose en uno de los mayores símbolos culturales de Chiapas.

Foto: Pexels
Detrás de la fiesta de los Parachicos existe una historia de amor y gratitud/Foto: Pexels

La primera danza: Cuando los habitantes bailaron “para el chico”

La recuperación del niño desató la alegría de toda la comunidad.

Los habitantes querían verlo sonreír y celebrar el acontecimiento con aquella madre que había llegado cargando tristeza y ahora se preparaba para regresar llena de esperanza.

Según la tradición oral, recopilada y compartida por el Gobierno de México,  los pobladores comenzaron a disfrazarse para entretener al pequeño. Tallaron máscaras de madera con rasgos europeos, colocaron fibras de ixtle simulando cabello rubio y bailaron al ritmo de tambores y sonajas.

Aquellos hombres danzaban alrededor del niño, bailaban para hacerlo reír: Bailaban “para el chico”.

Y de esa expresión surgiría, con el paso del tiempo, una de las palabras más famosas de Chiapas: Parachico.

Con el paso de los años, la historia de María de Angulo quedó ligada a una de las expresiones culturales más importantes de Chiapas. Cada enero, cientos de hombres recorren las calles de Chiapa de Corzo usando máscaras de madera, monteras de ixtle y sarapes multicolores.

Son conocidos como Parachicos y constituyen el símbolo más reconocido de la Fiesta Grande del pueblo.

La Secretaría de Cultura recoge esta explicación como parte de la leyenda transmitida de generación en generación en Chiapa de Corzo.

Aunque no puede comprobarse cada detalle como hecho histórico documental, el relato sigue siendo el corazón simbólico de la fiesta. Porque explica algo que la comunidad conserva hasta hoy: Los Parachicos no bailan solo para ser vistos. Bailan como ofrenda, memoria y acto de gratitud.

La hambruna que convirtió a María de Angulo en leyenda

La historia pudo haber terminado allí, pero años después ocurrió algo que marcó para siempre la memoria de Chiapa de Corzo.

Entre 1767 y 1768, una devastadora plaga de langostas arrasó los cultivos de la región. El maíz, los frijoles y otros alimentos básicos desaparecieron de los campos. La escasez derivó en hambre, enfermedades y la pérdida de cientos de vidas.

Esta parte de la tradición es retomada por medios regionales y textos culturales -como El Coleto o Chiapas Experiencias–  que vinculan la crisis alimentaria con el regreso de María de Angulo a Chiapa de Corzo.

Cuando María de Angulo se enteró de la tragedia, decidió regresar.

Lo hizo no como una noble distante, sino como una mujer agradecida.

La tradición cuenta que llegó acompañada de grandes cargamentos de alimentos, animales, dinero y provisiones que distribuyó entre las familias más necesitadas. Sus sirvientas y sirvientes habrían recorrido las calles repartiendo comida, frutas y ayuda casa por casa.

Aquella imagen quedó grabada en la memoria popular.

De ahí surge otra figura fundamental de la Fiesta Grande: Las Chuntáes, hombres vestidos como mujeres que evocan a las sirvientas de Doña María de Angulo, quienes repartían alimentos durante los tiempos de escasez.

La Secretaría de Cultura menciona que las Chuntá representan a la servidumbre de María de Angulo y que su recorrido marca el inicio de la celebración cada enero.

Para honrar aquel gesto, el pueblo volvió a bailar.

Y con el paso de los siglos, esa mezcla de gratitud, memoria, humor, devoción y música se transformó en la celebración que hoy conocemos.

Los Parachicos: De tradición popular a Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad

Hoy los Parachicos son el símbolo más famoso de Chiapa de Corzo.

Cuando aparecen en las calles durante enero, el pueblo entero parece transformarse.

Las máscaras muestran rostros europeos con mejillas rosadas, ojos claros y barba de candado. Las monteras elaboradas con fibras de ixtle simulan el cabello rubio de los españoles. Los sarapes multicolores ondean al ritmo de la danza y los chinchines, sonajas metálicas tradicionales, marcan el compás de cada paso.

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación (UNESCO) describe estos elementos como parte esencial de la indumentaria y la práctica ritual de los Parachicos

Al frente marcha el Patrón de los Parachicos, figura central de la procesión. Porta máscara de expresión severa, guitarra, flauta y látigo ceremonial, acompañado por uno o dos tamborileros. Durante la danza, entona loas (cantos o alabanzas tradicionales dedicadas a los santos y a la comunidad) a las que los Parachicos responden con aclamaciones.

Más que una danza, los Parachicos son una ofrenda colectiva, una expresión de identidad y un homenaje transmitido de generación en generación.

Por esa razón, la UNESCO inscribió en 2010 a Los Parachicos en la Fiesta Tradicional de Enero de Chiapa de Corzo en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Destacando que esta danza se aprende mientras se ejecuta: Los niños participan observando e imitando a los adultos, mientras la técnica para elaborar las máscaras se transmite de generación en generación, desde la tala y secado de la madera hasta la talla y ornamentación final.

La Fiesta Grande de Chiapa de Corzo

Cada año, del 8 al 23 de enero, Chiapa de Corzo vive una de las celebraciones más importantes de México.

Durante esos días, la ciudad cambia de ritmo.

Los Parachicos recorren calles, templos, barrios y espacios de culto, llevando imágenes religiosas y danzando desde la mañana hasta la noche. La UNESCO los describe como una ofrenda colectiva a los santos venerados dentro de la Fiesta Grande.

Las Chuntáes aparecen como memoria viva de las sirvientas de María de Angulo, mientras que las Chiapanecas, con sus vestidos florales, representan una de las imágenes más vistosas de la identidad cultural del estado.

La Secretaría de Cultura señala que la fiesta encadena actividades religiosas, gastronómicas, musicales y dancísticas en honor a los santos patronos y a los personajes tradicionales.

La celebración también incluye comidas comunitarias, recorridos por barrios, procesiones, música de tambor y flauta, y momentos esperados por visitantes y habitantes, como el Combate Naval sobre el río Grijalva, una de las escenas más emblemáticas de la Fiesta Grande.

¿Cómo vivir la Fiesta Grande de Chiapa de Corzo?

Visitar Chiapa de Corzo durante enero es adentrarse en una tradición viva que ha sobrevivido durante siglos.

Desde Tuxtla Gutiérrez, el trayecto suele tomar alrededor de 20 minutos por carretera. Desde el Aeropuerto Internacional Ángel Albino Corzo, el recorrido hacia Chiapa de Corzo suele rondar entre 25 y 30 minutos, dependiendo del tráfico y del punto exacto de salida. Esta cercanía convierte al pueblo en una escapada ideal para quienes viajan por la capital chiapaneca o buscan combinar la Fiesta Grande con el Cañón del Sumidero.

Durante los días principales conviene llegar temprano, porque muchas calles se cierran por procesiones, recorridos tradicionales y concentraciones de danzantes.

También es recomendable caminar con calma, respetar los espacios religiosos, pedir permiso antes de fotografiar de cerca a los participantes y recordar que no se trata solo de un espectáculo turístico, sino de una práctica comunitaria profundamente viva.

La mejor forma de vivirla es dejarse llevar por el sonido.

Primero se escucha el tambor, luego la flauta, después los chinchines y de pronto, entre máscaras talladas, monteras de ixtle y sarapes multicolores, Chiapa de Corzo parece bailar al mismo tiempo.

Donde una leyenda se convirtió en identidad

Quizá nunca sepamos con absoluta certeza cuánto hay de historia y cuánto de leyenda en la vida de María de Angulo.

Pero eso es precisamente lo que hace especial a esta celebración.

Porque detrás de cada máscara tallada, de cada chinchín y de cada paso de baile, permanece viva una enseñanza que ha sobrevivido más de dos siglos: La gratitud.

Los Parachicos no son simplemente un espectáculo folclórico, son la memoria de un pueblo que decidió agradecer bailando y aún hoy sigue haciéndolo cada enero con música, madera, ixtle y pasos sobre la calle.

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